Voy a ver a Muv y a mis sobrinos.
Cuando llego, los chicos están durmiendo y Muv está envenenada. Pregunto si mi hermano se mandó alguna cagada y me contesta que no, que ojalá, que peor.
Que se envenenó con una boluda de su trabajo, con una mina intrascendente por donde se la mire, pero que justamente por eso, está envenenada. Porque no puede creer -y lo dice separando la palabra en dos- que una mina que no tiene ninguna importancia le genere tanto malestar.
Le pregunto si me quiere contar. Dice que es una de esas boludeces de minas. Le digo que si quiere, la escucho. Me dice que lo único que voy a escuchar van a ser puteadas.
Puteá, le digo.
Entonces, me dice que entró a la revista en donde trabaja hace unos seis meses, una minita nueva. Que al principio, buena onda, que ella le enseñó algunas cosas. Pero que con los días, se fue dando cuenta de que la minita hacía las mismas cosas que hacía ella, como que la copiaba o algo así. A mí no me pareció muy terrible, porque mil veces copiás cosas de la gente con la que estás habitualmente y nadie se quiere suicidar. Se lo dije. Me fulminó con la mirada.
Me hizo prometerle que nunca jamás le contaría nada a mi hermano de lo que me iba a decir. Le prometí.
Me contó que en el laburo hay un tipo que la galguea sin descanso, que a ella no le interesa pero que algunos días, le hace bien que el tipo le diga que está linda o que quiere salir a tomar algo. Dice que la hace sentir algo más parecido a lo que era antes de ser la mamá de Nacho y Guille. Dice que el tipo no le interesa, que en algún otro momento tuvieron un poco de onda pero que ya no, que está muy enamorada de mi hermano, que ni en pedo arriesga lo que tiene por un mimo al ego. Así lo dice. Y suena segura y convencida.
Y la minita, pregunto.
Me cuenta que la primera vez que se calentó con la minita fue cuando le preguntó como se llamaba el perfume que usa. Se calentó porque ella, como buena boluda nacida que es, le dijo el nombre y le agradeció el piropo. Que al otro día, la mina olía igual que Muv. Pero lo dejó pasar.
Nadie tiene por qué saber que yo me fijo en esas boludeces y, de última, no es un perfume tan exclusivo como para que no lo usen un millón y medio de minas más, me dice.
Claro, digo yo.
Pero parece que otro día, la mina le preguntó donde se cortaba el pelo. Y que ella, otra vez, le contestó. "Porque soy una pelotuda recurrente", me dice. Y bueno, la minita apareció hablando maravillas del peluquero.
Como si fuera SU peluquero, me entendés, me dice.
Sí, digo. Entiendo.
Pero no entiendo un carajo y todo me empieza a parecer una pelotudez digna de una de esas novelas de pendejos que dan en la tele.
Capaz que le gustás, le digo. Si te copia tanto, capaz que está caliente con vos y no sabe cómo decírtelo.
Ay, Jerito, no digas boludeces, querés.
Bueno, che. Puede ser.
En fin: que un día, la minita presencia la galgueada del tipo hacia Muv. Que le hace el comentario como de amiga, que qué onda con el tipo. Y Muv le contesta. Le dice lo mismo que me dijo a mí.
Que al día siguiente, cuando el tipo le dice a Muv que vayan a tomar un café, salta la minita y le dice, con total impunidad: "ella ya te dijo que no tantas veces que no sé por qué no me invitás a mí".
Muv se pone colorada cuando me lo cuenta.
Bueno, te lo quiso sacar de encima, digo.
No, me responde. No es el tipo. No es el perfume. No es el peluquero. Son los años y años que me llevó construirme como soy. Y sentir que porque elegí algo diferente, puede venir cualquiera a usurpar lo poco que queda de lo que alguna vez fui. Y me doy bronca. Y me da bronca la mina. Tanta bronca que, a veces, sueño que la agarro de los pelos y le doy la cabeza contra la pared hasta matarla. Así de bronca, me da.
Pienso un poco antes de decir nada.
Se despiertan los chicos. Primero, Guille, que dice "mmmma"; después, Nacho, que dicen "mamamamama".
Muv se para y se va hasta las cunas. La acompaño. La miro. Le cambia la cara cuando ve a sus hijos. Y todo me parece una reverenda pelotudez.
No te hagas tanto problema, le digo. ¿No te da un poco de pena?
¿Pena? ¿Por qué?
Y... a mí me daría pena alguien que vive de mis sobras.
Le digo eso y me pongo a jugar con los chicos.
Y me parece que es lo mejor que puedo decirle.
Y no, me contesta. No me da pena.
Cuando llego, los chicos están durmiendo y Muv está envenenada. Pregunto si mi hermano se mandó alguna cagada y me contesta que no, que ojalá, que peor.
Que se envenenó con una boluda de su trabajo, con una mina intrascendente por donde se la mire, pero que justamente por eso, está envenenada. Porque no puede creer -y lo dice separando la palabra en dos- que una mina que no tiene ninguna importancia le genere tanto malestar.
Le pregunto si me quiere contar. Dice que es una de esas boludeces de minas. Le digo que si quiere, la escucho. Me dice que lo único que voy a escuchar van a ser puteadas.
Puteá, le digo.
Entonces, me dice que entró a la revista en donde trabaja hace unos seis meses, una minita nueva. Que al principio, buena onda, que ella le enseñó algunas cosas. Pero que con los días, se fue dando cuenta de que la minita hacía las mismas cosas que hacía ella, como que la copiaba o algo así. A mí no me pareció muy terrible, porque mil veces copiás cosas de la gente con la que estás habitualmente y nadie se quiere suicidar. Se lo dije. Me fulminó con la mirada.
Me hizo prometerle que nunca jamás le contaría nada a mi hermano de lo que me iba a decir. Le prometí.
Me contó que en el laburo hay un tipo que la galguea sin descanso, que a ella no le interesa pero que algunos días, le hace bien que el tipo le diga que está linda o que quiere salir a tomar algo. Dice que la hace sentir algo más parecido a lo que era antes de ser la mamá de Nacho y Guille. Dice que el tipo no le interesa, que en algún otro momento tuvieron un poco de onda pero que ya no, que está muy enamorada de mi hermano, que ni en pedo arriesga lo que tiene por un mimo al ego. Así lo dice. Y suena segura y convencida.
Y la minita, pregunto.
Me cuenta que la primera vez que se calentó con la minita fue cuando le preguntó como se llamaba el perfume que usa. Se calentó porque ella, como buena boluda nacida que es, le dijo el nombre y le agradeció el piropo. Que al otro día, la mina olía igual que Muv. Pero lo dejó pasar.
Nadie tiene por qué saber que yo me fijo en esas boludeces y, de última, no es un perfume tan exclusivo como para que no lo usen un millón y medio de minas más, me dice.
Claro, digo yo.
Pero parece que otro día, la mina le preguntó donde se cortaba el pelo. Y que ella, otra vez, le contestó. "Porque soy una pelotuda recurrente", me dice. Y bueno, la minita apareció hablando maravillas del peluquero.
Como si fuera SU peluquero, me entendés, me dice.
Sí, digo. Entiendo.
Pero no entiendo un carajo y todo me empieza a parecer una pelotudez digna de una de esas novelas de pendejos que dan en la tele.
Capaz que le gustás, le digo. Si te copia tanto, capaz que está caliente con vos y no sabe cómo decírtelo.
Ay, Jerito, no digas boludeces, querés.
Bueno, che. Puede ser.
En fin: que un día, la minita presencia la galgueada del tipo hacia Muv. Que le hace el comentario como de amiga, que qué onda con el tipo. Y Muv le contesta. Le dice lo mismo que me dijo a mí.
Que al día siguiente, cuando el tipo le dice a Muv que vayan a tomar un café, salta la minita y le dice, con total impunidad: "ella ya te dijo que no tantas veces que no sé por qué no me invitás a mí".
Muv se pone colorada cuando me lo cuenta.
Bueno, te lo quiso sacar de encima, digo.
No, me responde. No es el tipo. No es el perfume. No es el peluquero. Son los años y años que me llevó construirme como soy. Y sentir que porque elegí algo diferente, puede venir cualquiera a usurpar lo poco que queda de lo que alguna vez fui. Y me doy bronca. Y me da bronca la mina. Tanta bronca que, a veces, sueño que la agarro de los pelos y le doy la cabeza contra la pared hasta matarla. Así de bronca, me da.
Pienso un poco antes de decir nada.
Se despiertan los chicos. Primero, Guille, que dice "mmmma"; después, Nacho, que dicen "mamamamama".
Muv se para y se va hasta las cunas. La acompaño. La miro. Le cambia la cara cuando ve a sus hijos. Y todo me parece una reverenda pelotudez.
No te hagas tanto problema, le digo. ¿No te da un poco de pena?
¿Pena? ¿Por qué?
Y... a mí me daría pena alguien que vive de mis sobras.
Le digo eso y me pongo a jugar con los chicos.
Y me parece que es lo mejor que puedo decirle.
Y no, me contesta. No me da pena.

