jueves

Setenta y dos

Voy a ver a Muv y a mis sobrinos.
Cuando llego, los chicos están durmiendo y Muv está envenenada. Pregunto si mi hermano se mandó alguna cagada y me contesta que no, que ojalá, que peor.
Que se envenenó con una boluda de su trabajo, con una mina intrascendente por donde se la mire, pero que justamente por eso, está envenenada. Porque no puede creer -y lo dice separando la palabra en dos- que una mina que no tiene ninguna importancia le genere tanto malestar.
Le pregunto si me quiere contar. Dice que es una de esas boludeces de minas. Le digo que si quiere, la escucho. Me dice que lo único que voy a escuchar van a ser puteadas.
Puteá, le digo.
Entonces, me dice que entró a la revista en donde trabaja hace unos seis meses, una minita nueva. Que al principio, buena onda, que ella le enseñó algunas cosas. Pero que con los días, se fue dando cuenta de que la minita hacía las mismas cosas que hacía ella, como que la copiaba o algo así. A mí no me pareció muy terrible, porque mil veces copiás cosas de la gente con la que estás habitualmente y nadie se quiere suicidar. Se lo dije. Me fulminó con la mirada.
Me hizo prometerle que nunca jamás le contaría nada a mi hermano de lo que me iba a decir. Le prometí.
Me contó que en el laburo hay un tipo que la galguea sin descanso, que a ella no le interesa pero que algunos días, le hace bien que el tipo le diga que está linda o que quiere salir a tomar algo. Dice que la hace sentir algo más parecido a lo que era antes de ser la mamá de Nacho y Guille. Dice que el tipo no le interesa, que en algún otro momento tuvieron un poco de onda pero que ya no, que está muy enamorada de mi hermano, que ni en pedo arriesga lo que tiene por un mimo al ego. Así lo dice. Y suena segura y convencida.
Y la minita, pregunto.
Me cuenta que la primera vez que se calentó con la minita fue cuando le preguntó como se llamaba el perfume que usa. Se calentó porque ella, como buena boluda nacida que es, le dijo el nombre y le agradeció el piropo. Que al otro día, la mina olía igual que Muv. Pero lo dejó pasar.
Nadie tiene por qué saber que yo me fijo en esas boludeces y, de última, no es un perfume tan exclusivo como para que no lo usen un millón y medio de minas más, me dice.
Claro, digo yo.
Pero parece que otro día, la mina le preguntó donde se cortaba el pelo. Y que ella, otra vez, le contestó. "Porque soy una pelotuda recurrente", me dice. Y bueno, la minita apareció hablando maravillas del peluquero.
Como si fuera SU peluquero, me entendés, me dice.
Sí, digo. Entiendo.
Pero no entiendo un carajo y todo me empieza a parecer una pelotudez digna de una de esas novelas de pendejos que dan en la tele.
Capaz que le gustás, le digo. Si te copia tanto, capaz que está caliente con vos y no sabe cómo decírtelo.
Ay, Jerito, no digas boludeces, querés.
Bueno, che. Puede ser.
En fin: que un día, la minita presencia la galgueada del tipo hacia Muv. Que le hace el comentario como de amiga, que qué onda con el tipo. Y Muv le contesta. Le dice lo mismo que me dijo a mí.
Que al día siguiente, cuando el tipo le dice a Muv que vayan a tomar un café, salta la minita y le dice, con total impunidad: "ella ya te dijo que no tantas veces que no sé por qué no me invitás a mí".
Muv se pone colorada cuando me lo cuenta.
Bueno, te lo quiso sacar de encima, digo.
No, me responde. No es el tipo. No es el perfume. No es el peluquero. Son los años y años que me llevó construirme como soy. Y sentir que porque elegí algo diferente, puede venir cualquiera a usurpar lo poco que queda de lo que alguna vez fui. Y me doy bronca. Y me da bronca la mina. Tanta bronca que, a veces, sueño que la agarro de los pelos y le doy la cabeza contra la pared hasta matarla. Así de bronca, me da.
Pienso un poco antes de decir nada.
Se despiertan los chicos. Primero, Guille, que dice "mmmma"; después, Nacho, que dicen "mamamamama".
Muv se para y se va hasta las cunas. La acompaño. La miro. Le cambia la cara cuando ve a sus hijos. Y todo me parece una reverenda pelotudez.
No te hagas tanto problema, le digo. ¿No te da un poco de pena?
¿Pena? ¿Por qué?
Y... a mí me daría pena alguien que vive de mis sobras.
Le digo eso y me pongo a jugar con los chicos.
Y me parece que es lo mejor que puedo decirle.
Y no, me contesta. No me da pena.


domingo

Setenta y uno

Gaby entró y se puso a llorar. Lloró toda la tarde y parte de la noche. Lloró sin hablar. Por más preguntas que le hice, la única respuesta que obtuve fue su cara colorada y sus lágrimas. Lloró apretando los pañuelos de papel. Era un llanto sin gritos, con respiraciones profundas. Un llanto que le venía de muy adentro, como si llorara desde los ovarios, no sé cómo explicarlo. Era un llanto que tenía guardado y que largó justo hoy, cuando le abrí la puerta. Empezó a llorar en el ascensor y no dejó de llorar más.
Me quedé mirándola. No sabía si hablar iba a solucionar algo. La miré un largo rato mientras ella escondía la cara entre las manos y no dejaba de llorar. Cuando parecía que había terminado, volvía a empezar. Si yo le preguntaba algo, bajaba la cabeza y seguía llorando.
Me da bronca que llores, le dije. Y ni yo supe bien si lo que le estaba diciendo era que, en efecto, sus lágrimas me provocaban la bronca o si, en realidad, le decía que me daba bronca hacerla llorar. No sé. No sé qué quise decirle. Ella, por supuesto, entendió el primer significado. Que me daba bronca que llorara. Y sí, un poco de bronca me daba. Yo prefiero que me putee. Que me diga que no me quiere ver más, que me muera. Pero no que llore y llore.
Pero siguió llorando y me empecé a preocupar, porque no creo que yo pueda merecer tanto llanto de una mina, que si quiere, puede estar con cualquier chabón.
Te sentís mal, pregunté.
Respondió que no con la cabeza.
Entonces, me acerqué. Me acerqué y capaz, acercarme era algo que debería haber hecho antes.
Hablame, le dije. Contame por qué estás llorando.
Porque tengo miedo, me dijo. Tengo miedo de que cortemos. Y cuanto más intento que no cortemos, siento que más cerca estamos de cortar. Porque yo soy invisible para vos. Siempre estamos como al principio. Vos no me hacés lugar en tu vida. Y ya sé, mis amigas me lo dicen: soy una idiota. Te tendría que dejar. Que hagas la tuya. Pero no puedo porque cuando no te veo, cuando no sé nada de vos, me empieza a latir el corazón muy rápido y me agarra miedo. Miedo como cuando era chica.Y sufro. Sufro porque no te veo y no sé nada de vos. Y pienso que te olvidaste de mí, que siempre te olvidás de mi. Por eso tengo que hacer monigotadas todo el tiempo. Siento que te tengo que llamar la atención para que te des cuenta que yo estoy con vos desde hace rato. Que ya no soy la minita que te gusta y no te da bola. Que soy yo, Gabriela, la que quiere estar con vos, todo el día, todos los días. Pero siempre siento que soy una molestia. Que me hacés un favor al verme, para no lastimarme. Que vos no tenés ganas de verme nunca. Que cualquier mina que se presente, te va a llamar la atención más que yo. Y no importa si yo soy la que te hace más feliz en la cama y fuera de ella. No importa si te doy mi corazón cada vez que te veo. Me hacés sentir que yo no te alcanzo. Que soy descartable. Más ahora, que apareció Amelia. Porque aunque digas que no, Amelia es más importante que yo para vos. Si Amelia te llama, salís corriendo hacia ella. Y no importa que yo esté acá. Porque yo soy el fusible. Yo soy la que se pone y se saca. A la que siempre se le puede decir que no. A la que sacrificas. A la única que sacrificas. Y soy la que te obedece. Y me siento una pelotuda, porque yo te tendría que pegar una patada en el orto y no verte nunca más pero sin embargo, sigo acá, aunque vos no me des importancia.
Pero de dónde sacás todas esas cosas, Gaby. Si yo estoy con vos. Estoy acá.
Volvió a llorar. Pero siguió hablando, entrecortando las frases con sonadas de mocos.
Estás acá, pero muchas veces parece que no querés estar acá. Estás acá, pero muchas veces me haces sentir que te rompo las pelotas. Y entonces, Jerome, yo que soy para vos. En qué lugar estoy.
Sos mi chica. La que me hace reír. Con la que tengo ganas de coger todo el tiempo. La que me gusta. La que, también, me rompe mucho las pelotas cuando le agarra la locura.
Y por qué eso no te alcanza? Por qué siempre tengo la sensación de que te tendría que dar, no sé, la sangre, el cuerpo, la vida y así y todo, no te alcanzaría? Por qué el fantasma de Amelia está siempre presente entre nosotros? Aunque no pase nada. Aunque vos digas que no te provoca nada. Yo no la metí a Amelia acá. Vos la trajiste. Y de alguna repodrida manera, vos la fuiste a buscar. Y me dejaste sola. Me dejaste sola cuando todo tenía que empezar a andar entre nosotros. Me bajaste la cortina.
No es así, dije.
Y cómo es? Qué tengo que entender? Nadie sabe de mí. Nadie sabe que soy yo para vos. Ni yo sé qué soy para vos. Siempre siento que soy la minita para garchar. Y eso no está mal. También quiero ser la minita para garchar. Pero también quiero ser la minita a la que te desespera ver.
Me desespera verte. A veces, no puedo porque tengo cosas que hacer.
Pero entonces, hacemelo saber. Yo no puedo adivinar, Jerónimo. Haceme sentir importante. Decime que soy importante para vos. Si vos no me decis las cosas, yo pienso que las cosas son como son. ¿Qué sentirías vos, si yo me borrara durante días? Si ni siquiera te hiciera un llamado. Si siempre tuvieses que ser vos el que me buscara. Y que yo viniera hasta acá, a media máquina. Sin alegría. Sin querer estar del todo con vos.
A esa altura de la charla, me explotaba la cabeza. Para mí es tan claro que quiero estar con Gaby, que no puedo comprender cómo está tan insegura.
Yo no puedo hacer más cosas de las que hago, me dijo. Trato de hacerte feliz, todas las veces que puedo. Casi nunca hago escándalo si tenés entrega de la facu o una fecha de entrega en el laburo. Me adapto a vos, todo lo que puedo. Pero siento que en este adaptarme, estoy cada vez más lejos tuyo. Y que cuando digo algo, cuando planteo lo que me molesta, a vos te gustaría que yo desapareciera.
Nada que ver.
Todo que ver. La última vez que hablamos seriamente de esto, estuvimos cinco días sin vernos. Y casi sin hablar, sacando un par de telegramas telefónicos que tuvimos porque yo te llamé.
Tenía dos entregas en el laburo y no podía ocuparme de vos. Este laburo es así.
No creo en las casualidad, Jerome.
Bueno, esta vez tendrías que creer.
No puedo. Lo peor de todo es que yo sé lo que tendría que hacer. Yo te tendría que mandar al carajo. Cortar por lo sano. Pero tengo este corazón tan idiota, que está absolutamente en tus manos. Hacete cargo, Jerome: sos responsable por mi corazón. Y no quiero que termine roto. Más demostraciones de lo que te quiero, no puedo darte. De hecho, el problema no es lo que yo siento por vos. Lo que yo siento por vos está clarísimo. El problema acá es lo que vos sentís por mí. Si es que sentís algo. Porque lo que más me critico es no poder aceptar que vos no sentís por mí, lo mismo que siento yo por vos. Y estar esperando eso: que te agarre la misma urgencia que me agarra a mí por verte, para verme.
Cada uno tiene su forma de ser, respondí. Pero ya estaba mareado de tantas cosas que había oído.
Me siento muy sola, me dijo. Y volvió a llorar.
Y yo no supe si abrazarla, si consolarla, si decirle que todo iba a estar bien, si disculparme. Lo único en lo que pensé fue en que si sufre tanto, tendríamos que dejar de vernos.
Y como el boludo que soy, fui y se lo dije.
Yo sabía, me respondió. Yo sabía que ibas a salir con eso. Esto es lo más doloroso de todo: saber que para vos, no valgo la pena.
No es así, Gaby. Claro que vales la pena para mí.
Y después de que dije eso, dejó de llorar pero se puso toda colorada y se le empezaron a marcar las venas del cuello.
Entonces, si valgo la pena, no seas tan puto de no arriesgarte un poco. Hacé algo para que yo me entere de que querés estar conmigo. Dejá de ser tan cómodo. No es tan dificil, forro. No es tan difícil decir: "me muero de ganas de estar con vos", "te extraño", "te quiero", "pienso mucho en vos", "no veo la hora de verte", "te llamo para decirte que te quiero y te extraño". No hay que graduarse en Harvard para hacer esas cosas. No hay que ser un científico de la NASA. Simplemente, hay que animarse a demostrar lo que uno siente. Porque si no lo demostras, los demás nunca se enteran. Y piensan lo que piensan. Y se sienten como yo: amargamente solos.

Después volvió a llorar. Pero yo la abracé. Y la besé. Y le dije que la quería mucho. Y que lo iba a intentar todo.
Espero poder hacerlo.
La verdad, no me tengo mucha fé.


lunes

Setenta

Hay que hacer un esfuerzo muy grande para comprender a las minas. Bah, hay que hacer un esfuerzo sólo si uno las quiere comprender o intentar comprenderlas. Gaby, ahora, quiere cortarse el pelo, cantar en una banda, quedar embarazada y tomarse el palo de un día para el otro. Un rato quiere eso y, al rato, me dice que quiere todo lo contrario mientras me grita "pero mirá que yo no soy Amelia".
Nunca la para. Hablamos de la pizza y, por el color de la aceituna, sale que el día que vino Amelia tenía una remera de ese verde. Pero la cosa no queda en el color de la remera. Es nombrarla. Se nombra a Amelia y ya está, no hay nada más que hacer, es como un vendaval de caca.
Entonces yo me quedo callado y espero que se le pase, le sirvo la pizza, miro tele, la escucho, la escucho, la escucho; le digo una vez que está equivocada, que a mí no me pasa nada, que no estoy raro, que Amelia no tiene nada que ver, que estoy un poco cansado y me vuelvo a callar, mientras Gaby, dale que dale, con Amelia en la boca. Me concentro en la tele. Pongo el programa de los culos y me quedo mirando. Pienso "culo-culo-culo", así no la escucho, "lindo culo, gordo culo, culo, qué culo. Fá, qué culo" y Gaby sigue hasta que dice "el problema es que vos no me querés".
Y yo pienso, porque no se lo digo, que si no la quiero, entonces, por qué le banco esta pelotudez que le agarró. Pero no le digo nada porque cada vez que intento decir algo, me doy cuenta de que es al pedo. Nadie le va a sacar de la cabeza que no la quiero o, mejor, que no la quiero como ella quiere que la quiera.
Porque lo que parece que ella quiere es que yo de vuelta carnero en el aire ni bien la veo, que no me interese hablar con otra mina, aunque sea mi vieja, que esté todo el día como un boludo mandándole mensajes de texto o llamándola por telefóno para decirle cómo estoy, con quién estoy, qué estoy haciendo, donde voy, que voy a hacer los próximos treinta y dos años, día por día.
Y la verdad... Me tiene los huevos secos.
Tanto que agarro, el viernes a la noche, y me voy a un bar y justo va a tocar una banda. Y justo la que canta es una pibita preciosa, preciosa, que todavía no cumplió veinte pero que se canta todo y que mueve los hombros cuando baila y que se sonríe cuando canta. Y yo la veo y me digo que es preciosa, preciosa, la pendeja. Y me tomo una birra. Y me tomo dos. Y estoy solo.
Y espero que termine de cantar para mandarme y decirle algo. Y le digo que me llamo Jerónimo y a ella le parece un lindo nombre. Y me dice que se llama Mica y que se tiene que ir porque los pibes la dejan a gamba. Y entonces, le pido el teléfono. Y ella me lo da. Y yo lo guardo en el pantalón. Y me voy a mi casa pensando en que la voy a llamar. O que, al menos, le voy a mandar un mensaje.
Y esa noche, me clavo bruta paja. Pensando en Mica. En cómo me gustaría que fuese Mica. Y resulta que Mica, en realidad, es Gaby. Pero no es Gaby-Gaby. Es Gaby-Amelia. Y Rosario. Y todo lo mejor de todas las minas que conocí. Y me quedo dormido.
Me despierta el timbre. Gaby vino a desayunar, cae de sorpresa. Me visto un poco. Le abro. Subimos. Me dice que no le gusta cómo están las cosas. Que si siento que vale la pena intentar que funcione. Y yo digo que sí, qué voy a decir.
Me pregunta qué hice a la noche. Le digo que fui a ver a Taco. Lo digo naturalmente. Me pregunta qué cuenta Taco. Le digo que nada, que el bebé, que no sé qué. No le digo nada, en realidad.
Y entonces, la turra, va y me mira. Y me dice "se nota". Y yo me hago el boludo. Y ella vuelve a decir: "se te nota". Y yo digo qué. Y ella dice: "que mentís".
Nah, boluda, no miento. Para qué.
Para que yo no te haga un quilombo, dice.
Bueno, no parece que me vaya a servir esa estrategia.
Forro. Dónde fuiste.
Ya te dije.
Querés que me vaya.
Entonces, me quedo en silencio. Si le digo que sí, voy a ser un hijo de puta desalmado que no tiene corazón y no agradece las sopresas. Si le digo que no, estaría diciendo dos mentiras en lugar de una. No digo nada. Me quedo mudo. Voy a la cocina.
Hice pésimo en venir, dice Gaby. Vos no me querés acá.
Y esta vez acierta.
Porque estoy dormido.
Porque estoy podrido.
Y porque Mica, la de mis sueños, no rompe las pelotas.



miércoles

Sesenta y nueve

Y mientras las dos minas hablan, mimadre que llama por teléfono. Se les dio por ponerse de acuerdo y romperme las pelotas a todas juntas. Atiendo.
Qué decís, má.
Acá, Jerónimo. Queriendo saber cómo estás.
Complicado, ahora, má. Te llamo más tarde.
Qué pasa.
Nada. Una cosa que tengo que arreglar, acá, en casa.
Estás solo, me pregunta.
No.
Estás con tu amigo, me sigue preguntando.
No.
Estás con la chica esa, insiste.
Sí, con Gaby.
¿Por qué no se vienen a cenar a casa?
Ahora no podemos.
Qué cagada te mandaste, Jerónimo. Ya estoy preocupada.
Zafá, má. No pasa nada. Tenemos que conversar.
Conversar, repite. Te mandaste una cagada. Si tenes que conversar...
Tenemos que conversar con Amelia.
¿Amelia? ¿Amelia, cuál? ¿Esa Amelia?
Sí. Esa Amelia, má. Después te llamo.
Bueno, me dijo poco convencida. No te olvides. Llamame.
Beso.
Corté.
Y las tengo ahí a las dos. Ya se soltaron de la mano y Amelia le dice que en este tiempo estuvo viviendo un poco en Córdoba y otro poco en Paraná, que todavía no está segura de dónde se va a instalar, que seguro que Buenos Aires no, que quiere para el bebé un aire más puro y no sé que otra sarta de idioteces. Y Gaby que la mira y la mira y cada tanto me mira a mí, que no hago más que levantarme, ir y venir, llevar y traer, cambiar la yerba, calentar más agua. Pero yo la conozco a Gaby y en cualquier momento empieza con sus cositas. Miro el reloj de la cocina, hace una hora que están ahí sentadas, hablando como si fueran viejas conocidas. Y yo me pregunto que carajo estoy haciendo, por qué están las dos sentadas en el comedor de mi departamento, tomando mate. Me investigo. Me escarbo a ver si me doy cuenta en qué momento mi vida anterior y mi vida actual se cruzaron en el punto "minas" y por qué no se descruza de una vez. Y pienso todavía con más fuerza que tendría que hacer algo, decir algo, poner un límite, pedir aclaraciones, no sé, algo más que llevar y traer el mate con yerba nueva o el agua caliente. Y estoy decidido a decir algo cuando la escucho a Gaby, abriendo la boca.
Ok, perfecto. Muy lindos tus planes para tu hijo y para vos, ahora, falta que me digas qué tiene que ver Jerónimo en eso y por qué estás acá sentada, cuando hace meses que no tiene una noticia tuya.
Amelia sonríe un poco. Tiene una sonrisa triste. Como si supiera que la idea de hablar con Gaby no es buena. Que nadie la va a convencer de que no tengo nada que ver ni con el bebé, ni con Amelia, pero bueno... Amelia explica.
Jero no tiene nada que ver. Nos encontramos de casualidad en la calle. Nos pusimos a hablar. Se hizo un poco tarde y vinimos para acá. Pero como vine, me voy. No tenés que preocuparte, Gaby. No me voy a quedar.
Más bien que no te vas a quedar, le contesta. Porque no se hace eso con la gente. No podés aparecer y desaparecer cuando se te canta el culo. Y menos que menos, aparecer con un pendejo que no sabemos de quién es.
Amelia me miró. Yo miré a Gaby.
El bebé es mío, dijo Amelia. Y de nadie más.
Já, dijo Gaby. Sí, seguro.
Gaby, dije yo y la miré mal.
Entonces vos, me dijo Gaby a mí, qué pensás hacer. Ahora qué pensás hacer. Ahora que apareció Amelia, Santa Amelia y estoy yo, acá, estropeandoles el reencuentro. No lo puedo creer.
Uff, dije. Ya empezas de nuevo con el ataque de concha. Por qué no escuchás un poco lo que se te está contando.
Porque estoy oyendo pelotudeces. ¿Vos pensaste que yo venía acá, me hacía amiga de Amelia y vivíamos los tres en comunidad, criando al pendejo, mientras vos garchabas un día con cada una? Dejame de joder, Jerónimo. Esto se aclara acá, porque ya estamos grandes para giladas.
Pero si está todo aclarado, digo. Qué más querés aclarar.
Quiero que me aclaren que piensan hacer ustedes, ahora que se encontraron. Eso quiero saber. Quiero saber si me tengo que ir ya mismo a la mierda y desear que te mueras por los próximos 25 años o si se va ella y vos volvés a estar conmigo, sin este fantasma revoloteando alrededor todo el tiempo.
Amelia se paró.
Me voy. Ustedes tienen que hablar de sus cosas, dijo. Disculpame, Jero, no te quise meter en problemas.
Te acompañamos, le dije y le hice una seña a Gaby para que se parara.
Qué la acompañamos a dónde?
No sé, a la casa, al bondi, a que se tome un taxi. ¿Tenés plata, Amelia?
Te mato, me dijo Gaby.
Tengo, tengo. No me hace falta nada, dijo Amelia. No es necesario que me acompañen. De verdad, está todo bien.
Bueno, yo te acompaño, dije. Si Gabriela quiere venir, ya sabe. Si se quiere quedar acá y esperar, todo bien. Que ella decida.
Voy, dijo.
Salimos a la calle. Había tantas cosas que hablar con Amelia y casi no se había podido nada. Yo tenía tantas cosas que preguntarle, tantas ganas de mirarle la cara, el pelo, los ojos, la boca, las tetas, la panza, no sé. Reconstruir a la Amelia que había perdido con esa Amelia nueva que había llegado asi, sin buscarla. Pero con Gaby en el medio, no. Imposible. Imposible tratar a Amelia. No con ella cerca. Pero cómo debería hacer yo para conseguir las respuestas que necesitaba.
Caminamos en silencio dos cuadras. En una esquina, Amelia dijo que tomaba un taxi. Le pregunté dónde estaba viviendo, si estaba cómoda donde estaba, que hasta cuando se quedaba.
Dijo que todo bien, que no sabía. Que vivía al día, como siempre. Que no me preocupe.
Paró el taxi. Nos dijo chau, de lejos. No se acercó a saludarnos, supongo que porque Gaby estaba furiosa.
Amelia se fue. Gaby me mira. Furiosa, me mira.
¿La querés?
Respiré hondo.
¿La seguís queriendo a esta?
Momento de pensar antes de contestar: ¿le contesto la verdad y le digo que sí, que la quiero, que siempre la quise y que nunca la dejé de querer o digo algo más choto y tranquilizador como "le tengo cariño"? ¿Le digo que aunque no vuelva a pasar nunca más nada y que no la vuelva a ver, Amelia es la primera mina que me rompió la cabeza y que de eso no me voy a olvidar más o intento proponerle algo para hacer el fin de semana, solos, irnos afuera, no sé, cualquier cosa?
Elijo la verdad. Y me banco la que sea.
Amelia es muy importante para mí, respondo.
Me vas a dejar, dice Gaby.
No.
Me vas a dejar, repite.
No, Gaby. Pero vas a tener que entender que Amelia existe. Y que yo necesito tener mi tiempo con ella, para cerrar la historia.
Gaby llora. Se atraganta. Llora a mares.
¿Por qué llorás?
Porque me vas a dejar. Porque vas a ir dos veces seguidas a ver a Amelia y te vas a acordar de lo que sentías y la vas a ver linda, y la vas a ver sola y desamparada, con ese pendejo en la panza y le vas a querer salvar la vida y te vas a olvidar de mí.
No es así, le digo. No llores. No es así.
Y cómo es. Cómo es. Cómo es que tengo que entender que Amelia existe. Cómo es que estoy después de Amelia. Qué es lo que tengo que entender. ¿Y yo? ¿Yo dónde estoy? Ubicame un poco en tu vida, Jerónimo, porque nosotros veníamos bien. Veníamos teniendo una cosa feliz, de compartir, de reirnos y ahora, me quedé afuera. Me dejaste afuera. Y no hay nada que yo pueda hacer para que vos no me dejes afuera.
Pensé. Tenía un poco de razón. Pero yo había elegido en ese momento, aunque nadie se diese cuenta. Yo había elegido quedarme con Gaby. Y para mí, todo seguía igual.
Lo que digo, Gaby, es que no me podés imponer nada. Yo no voy a dejar de ver a Amelia porque a vos te den celos. Yo estoy acá, con vos. ¿Me ves?
Le toqué la cara. Ahora resulta que soy un galán que tiene dos minas. Justo yo.
Amelia está en otra, ahora. Yo estoy en otra. Vas a tener que confiar. Yo te elijo a vos para que seas mi novia. Quiero que estemos juntos. Quiero cosas con vos. Con Amelia, no quiero nada.
Por ahora, dice Gaby.
Vas a tener que confiar, le repito.
Voy a tener que sufrir, me dice.

Caminamos unas cuadras. Gaby, más tranquila, al menos dejó de llorar. Está callada. La abrazo. Tampoco sé qué más decirle.
Le digo "te quiero". Me sonrie, pero es una sonrisa forra.
Ahora estamos bien, le digo.
Sí. Fantásticos.
No cambió nada, le digo.
Ya va a cambiar.
Y me lo dice tan convencida que parece una maldición.



viernes

Sesenta y ocho

La cosa fue así:

Sonó el timbre en casa. Pregunté quién era. Era Gaby. Bajé a abrir. Cuando me vio, se me colgó del cuello. Subimos al ascensor hechos uno solo. Yo quería contarle que arriba estaba Amelia pero con una lengua adentro de la boca no se entiende bien lo que uno dice y Gaby no tenía intenciones de dejarme hablar.
Bajamos del ascensor, Gaby primero que yo. La puerta estaba entornada asi que entró y la vió. Se vieron. Amelia la saludó.
Yo quedé detrás de Gaby. Gaby se dio vuelta. Me miró. Miró a Amelia. Miró la panza de Amelia y me miró. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Volvió a mirar a Amelia y me volvió a mirar a mí.
Pará, loca, pará, dije.
Gaby fue dando pasos hacia atrás. Se tropezó conmigo. Me empujó. Me moví para un costado. Abrió la puerta. Salió al pasillo, llamó al ascensor.
Abrió la puerta del ascensor con fuerza, la cerró con fuerza. Empezó a bajar.
Yo me quedé parado al lado de la puerta de mi departamento, dije "uy", dije "ay", dije "uff". Amelia dijo "andá, Jerónimo, andá".
Y yo salí de mi casa. Bajé por la escalera y llegué casi sin aire a la puerta de calle, justo cuando entraba un vecino y dejaba salir a Gaby.
Salí a la calle. Gaby caminaba rapidísimo. La seguía. Sin aire para hablar pero la seguía. En la esquina, se dio vuelta.
Yo no puedo CREER que seas tan hijo de puta, me dijo. A mí me lo dijo.
Pará, pude decir yo.
Qué "pará", forro. Si siempre estuviste enganchado con esta mina, si nunca me dijiste por qué tanto gancho. ¿Vos te pensas que yo soy la minita para coger y nada más? Sos un forro. Me hubieses dicho que te habías mandado semejante cagada. Pelotudo. Tanto hacerte el noviecito y mirá con la que saliste. Hijo de puta. Tanto perseguirme, tanto dale que dale para esto. Forro. Morite. A mí nadie me hizo sentir así nunca. Cómo me hacés esto a mí. A mí que soy normal. A mí que no hice más que esperar a que te decidieras a decirme algo. Hijo de puta. Cuándo la dejaste embarazada a esta, decime. Contame cuando fue. Fue mientras estabas conmigo, seguro. Pelotudo. Seguro que fue algún día de esos que me dijiste "ay, tengo mucho trabajo, no puedo hacer nada hoy". Forro. Hijo de puta. Te odio. Morite.
Gabriela, callate, le dije y habré sonado amenazador porque se calló. No dejó de putear pero por lo menos, dejó de putear en voz alta.
Me quedé un rato pensando exactamente qué decir, pero me pareció que lo mejor era decir la información más importante, toda junta y de una sola vez.
El bebé no es mío, dije.
Y por qué, entonces, está la pelotuda esa en tu casa, se puede saber. Por qué apareció de nuevo. La estuviste buscando vos, seguro. La rastreaste hasta que la encontraste porque lo que tenés conmigo no te alcanza, porque nada te alcanza y yo soy la última prioridad en tu vida, porque así sos vos, todo primero que yo, de mí nadie sabe nada. Es como si te diera vergüenza decir que yo soy tu novia, me escondés, la puta que te parió, como si no valiera la pena estar conmigo, qué te pensas que sos, a quién le ganaste, pelotudo.
Gaby, cortala y dejame hablar.
Para qué querés que te deje hablar, si vos no hablás. Si vos sos el que nunca sabe qué decir, ni cuando; con qué querés salir ahora.
La encontré de casualidad en la calle, le dije. Está sola. Qué querés que haga. Es importante para mí. Yo la quise mucho a Amelia.
Y ya sé que la quisiste mucho. Y ya sé que la querés más que a mí. Si ese pendejo no es tuyo, entonces qué está haciendo en tu casa? Vos sos tan boludo, Jerónimo, a veces. Te empaquetan con cualquier cosa. Para qué está esa mina en tu casa. Decímelo ahora.
No sé para qué está. Está, eso es todo. Se puso a llorar, yo no supe qué hacer. Vos ibas a venir. No me pareció colgarte o llamarte con una mentira. Concha de la lora, siempre me equivoco con vos. Está en mi casa porque yo la invité. Y no sé. No sé si se va a quedar a vivir o si se va a borrar mañana otra vez. Lo que sé es que tiene que contarme cosas. Y que yo todavía la quiero un poco..
Yo sabía, la puta que te parió, ojalá te mueras, forro, hijo de puta. Yo sabía que me ibas a largar en cuanto apareciera esta, porque esta no te da pelota y no te quiere como te quiero yo. A ella le chupas un huevo y se borra y vos como un forro le andás siempre atrás.
Callate, boluda, le grité. Ahora me decís que me querés, cuando estamos los dos solos, nunca me lo decis. Te hacés la superada, idiota y no aceptas lo que nos pasa. Ahora porque apareció Amelia, hacés la escenita de la celosa. Sos una tarada. Crecé. Y después de que crezcas, venime a ver.

Me di media vuelta y me fui. Qué les pasa a las minas, loco. Que una aparece, que la otra se quiere casar, ah, la concha de sus hermanas. Por qué no hablan claro, qué mierda.
Y me volví re caliente a casa. Caminé puteando yo, que estaba lo más tranquilo y tenía una explicación coherente para todo. Y entre que subí y hablé con Amelia y Amelia me pidió disculpas, Gaby volvió.
Quiero subir, me dijo por el portero eléctrico.
Si te vas a portar como una idiota, no, dije yo.
Quiero subir. Quiero saber.
Si te vas a poner en pelotuda, no.
Abrime.
Calmate.
Abrime o espero a que alguien me abra y ya vas a ver.

Bajé. Mejor bajaba yo.
Y ahí estaba, toda llorosa, con esa boca que tiene a punto de reventar.
Si no vas a estar calmada, te vas, le advertí.
Quiero saber por qué. Por qué cuando nosotros empezamos a arrancar, aparece esta mina y yo siento que soy una porquería y que no existo y que no me querés más.
Pero vos sos tarada, Gaby, le pregunté. Hablás como si Amelia hubiese estado presente todo este tiempo y la reencontré hace dos horas!
Amelia nunca se fue, me dijo Gaby y me empujó para pasar.
Se sentó frente a Amelia.
Quiero saber todo, dijo. Te escucho.
Amelia me miró, se acercó a Gaby, le agarró la mano.
Yo te cuento todo, sin vueltas. No tenés nada de qué asustarte. Jero, ponés agua para unos mates, me pidió Amelia.
Y ahí fui yo, el pelotudo de la casa, a poner la pava, mientras las dos minas más importantes de mi vida se quedaban agarradas de la mano, en el comedor.
No, si soy un pelotudo. No hay nada que hacerle.
Ahora, capaz, estas terminan amiguísimas.
Están todas del orto.




miércoles

Sesenta y siete

Muv suele decir que boludo se nace. Ella dice "boluda" y lo dice remarcando las consonantes con fuerza. En general, lo dice cuando mi hermano se mandó alguna cagada y ella lo quiere hacer quedar como un forro delante de todo el mundo.
Hasta hace poco, la frase me causaba más risa que otra cosa, porque pensar que boludo se nace, siempre hace referencia a cosas más o menos disculpables (fá, calate esa. Desde que leo puedo decir esas palabras. Me di cuenta que antes de leer, mi vocabulario se reducía a 17 palabras entre las que se repetía boludo, unas 18 veces)
Decía que la frase me causaba gracia. Hasta el jueves.
El jueves me crucé a Amelia. Ni yo sé cómo la reconocí. Se había cortado el pelo y lo tenía de otro color. Además, me pareció que estaba más gorda. En realidad, no la reconocí a primera vista. Hubo algo: un olor, una sensación, un color que me hizo recordarla. Y sin pensarlo mucho, me saqué los auriculares y me fui detrás de ella, tomando coraje para preguntarle si era ella, de verdad.
No hizo falta que abriera la boca.
Hola, Jerónimo, me dijo y me sonrió y, a pesar de todas las diferencias y de mis dudas, ahí estaba. Ahí estaba Amelia.
Qué hacés, le dije. Qué hiciste.
Ella siguió sonriendo. Me preguntó si tenía tiempo y yo me hice el ocupado. No sabía bien si salir corriendo, si empezar a las patadas con todo, si sentarla en un bar todo el día a que me contara por qué se había esfumado, si abrazarla y pedirle que se quedara conmigo para siempre, que no se fuera nunca más, no sé. Pedirle disculpas, pedirle explicaciones, pedirle algo. No sabía.
Cómo estás, me preguntó. Cómo te va todo. Te pusiste de novio con Gaby.
A mi se me hizo un nudo en la lengua. Tenía tantas cosas para decir y no me salía ninguna. Estaba tan enojado.
Yo estoy bien, me dijo. Dejé de cantar. Voy a tener un bebé, me dijo y se tocó la panza que a mi me había parecido una panza de gorda.
De quién es el bebé, pregunté, pero sabía. Yo sabía que era del forro cortedepelooasis. Lo supe antes de que me lo dijera.
Entonces me contó que mientras salíamos, un día, ella se sintió profundamente triste a pesar de que estaba todo bien conmigo. Que le agarraba una pena tan grande, por ella, por mí, por todo, que empezó a pensar que lo que teníamos, se tenía que terminar.
Pero yo te quería, le dije. Y yo te quería bien, con pilas. Si me hubieras dicho, a lo mejor hubiese podido hacer algo.
No había nada que hacer. Lo que se siente, se siente y yo no me iba a quedar con vos por la pena que me hubiese dado romperte el corazón. Acá nos ves. Estamos los dos vivos, seguimos viviendo. Estas cosas pasan y uno se las guarda un rato y después se las olvida.
¿Ese bebé no es mío, no?
No. Este bebé es mío.
Y el papá quién es.
Blas
Nadie se llama Blas.
Bueno, me dijo ella.
Y como yo sabía perfectamente que Blas era el de cortedepelooasis y que era el mismo por el que ella seguía llorando cuando estaba conmigo, me sentí un boludo. Un boludo de nacimiento. Pero no boludo porque sí sino un boludo que se había pasado un año o un poco más extrañando a una mina que a la vuelta de la esquina se había olvidado de mí y no sólo se había ido con otro, también había quedado con el bombo de ese otro y, seguramente. -porque mientras pensaba eso no había caído en la cuenta- vivía una vida muy feliz con ese pelotudo viejo con corte de pelo de niño mientras yo sufría como un condenado y no sabía qué carajo hacer de mi vida.
Cuándo te olvidaste de mi, le pregunté. ¿Cuándo fue el día que te diste cuenta que para vos yo ya no existía?
Nadie tiene días para esas cosas, me dijo. Qué podía hacer yo, Jerónimo. ¿Pedirte que fuéramos amigos, que te volvieras parte de la familia? Vamos, eso sería ser cruel, más cruel de lo que ya fui. Yo no me olvidé de vos; simplemente supe, un día, una mañana cualquiera, que yo no te podía esperar y no te podía apurar. Y al principio, no fue fácil. No había nada planeado. Yo no tenía nada planeado. Sólo me fui. Me fui y te dejé sin avisar sabiendo que te ibas a recuperar, tarde o temprano. Para qué te iba a avisar. Para qué te iba a explicar. Los sentimientos no tienen explicación. No sirve reflexionar al respecto. Son acciones. Hechos. Cosas. Cosas que se tocan, que tienen peso. No sirve pensar. No sirve explicar nada. ¿Cuánto podrías haber cambiado? ¿Cuántas cosas podrías haber hecho? ¿Y yo? ¿Qué tenía que hacer yo? ¿Tenía que conformarme? ¿Tenía que quedarme con vos para no hacerte sufrir, pero sufrir yo por no ser todo lo feliz o triste que quisiera en el momento que quisiera?
Me quedé callado. Puta egoísta. Decidió por ella y por mí, lo que mejor le venía a ella. Me quedé callado y se me empañaban los anteojos, yo creo que de bronca.
¿Tu vida no es mejor ahora, Jerónimo?
Mi vida es la misma mierda de siempre, sólo que ya no me atormeto con eso.
Mal hecho. Tendrías que procurarte la mejor vida que puedas tener. No vas a vivir mil años y cuanto antes te consigas esa vida, más tiempo la vas a poder disfrutar.
Sí, pará, dije. Ahí voy. Qué tal, loco. ¿Me das una vida que me haga feliz? Poneme dos kilos, copate.
Ni yo supe para qué me hacía el listo. Si yo quería llorar como un nene. Decirle que todo lo que ella necesitaba, se lo hubiese dado. Que por qué no me había dicho las cosas, que por qué no me había contado exactamente lo que quería. Que yo podía pero no soy adivino. Que no sirvo para adivinar. Que tengo 25 y que la vida me harta con sus complicaciones. Que por qué las cosas que son simples se complican de semejante manera. Tantas cosas le hubiese dicho y sólo dije que me tenía que ir.
No sé qué más decirte, me dijo ella. Me gustaría pedirte que me llames pero no creo que aceptes. ¿Podré llamarte yo? Sin compromiso, si no tenés ganas no me atendés, todo bien. Sólo necesito que me digas si puedo.
Podés. No. No sé. ¿Para qué me querés llamar? ¿Para desaparecer dos meses después y dejarme como un boludo? Llamame. No. No sé. Hacé lo que quieras. Como hasta ahora.
Jerónimo...
La miré. La miré de arriba a abajo. Qué mierda pasaba en el mundo que ahora todos se convertían en padres. Qué mierda pasaba a mi alrededor que todo era panzas y bebés y recién nacidos y niños y madres y mujeres que dejaban de ser mujeres para ser madres. Por qué todo tenía forma de madre a mi alrededor. Por qué me tenía que encontrar con Amelia justo ahora que me empezaba a olvidar.
Yo tomé mi decisión, me dijo. Yo quería esto y no te podía meter a vos porque vos tenés mucho para caminar todavía. Estoy sola, si te sirve saber.
Sí, claro.
Estoy sola. La panza y yo. No hay nadie más.
Y el padre.
Qué padre.
El mío no va a ser, le dije y mientras lo decía, entendí.
El padre está donde estuvo siempre y donde siempre va a estar.
Boluda se nace, Amelia. Es lo único que te puedo decir.
Nunca me sentí menos boluda que ahora, me dijo y se puso a llorar.
Así estuvimos los dos, un rato.
Dos boludos de nacimiento, uno al lado del otro, una llorando y el otro sin saber qué decir, hasta que se hizo de noche y sin hablar, nos fuimos a mi casa.


jueves

Sesenta y seis

Yo odiaba a Fernando Colombres con toda mi alma. Lo odié toda la primaria y parte de la secundaria. Lo odiaba con odio profundo, con ganas de matarlo. Soñaba, a veces, que lo encontraba distraído y lo cagaba a trompadas. Le hacía sangrar la cara, lo pateaba, lo lastimaba mucho.
Siempre que soñaba con Fernando Colombres, mi sueño se llenaba de sangre y sorpresivamente, me despertaba mucho mejor que como me había acostado.
Fernando Colombres era el típico patotero del grado. El que le decía gorda a la chica gorda, negra a la morocha, puto al amanerado y ciego, cuatroojos, chicato, estúpido, pelotudo e insultos similares a mí: el único pibe del colegio que usó anteojos desde jardín de infantes.
Fernando Colombres rompió mis lentes, al menos, una vez por año. Los pisó, los escondió, los tiró por la ventana del aula a la calle cuando pasaba un colectivo, los metió en el inodoro, los colgó del aro de basquet en el patio de deportes. Fernando Colombres era el perfecto imbécil que, cuando yo me quedaba sin anteojos, me empujaba, me pegaba, se arrodillaba detrás mío mientras alguno de sus secuaces me empujaba hacia atrás, en fin... uno de esos que uno supone que no va a llegar a los 25 sin estar en la cárcel o muerto en algún tiroteo.
Mientras Fernando Colombres me tenía de pelotudo, yo lloraba. Lloré hasta los diez años, más o menos, cuando, sin pensarlo y sin saber cómo, le pegué un cabezazo en la cara y le hice saltar dos dientes. Después de eso, me sentí mal pero durante unos meses, pude vivir tranquilo. Aunque fueron sólo unos meses, porque, como digo, Fernando Colombres fue, durante casi toda mi experiencia escolar, un flagelo que nada ni nadie podía frenar. Nunca supe por qué yo le caía tan mal. Nunca me pude explicar qué era lo que yo le había hecho para que me tuviera de punto.
A Fernando Colombres no le importaba nada: si lo cagaban a palos, parecía que no le dolía. Si lo amonestaban, no le molestaba. Si amenazaban con echarlo del colegio, se reía a carcajadas. Yo no podía entender por qué mis anteojos y yo éramos tan importantes para él.
Al empezar tercer año, cuando todos habíamos empezado a tenerle miedo a su porte de percheron rabioso, nos comunicaron que Fernando Colombres se había mudado con su familia al interior de Buenos Aires y que se había cambiado de colegio. Fue una semana gloriosa. Saber que nadie iba a tener que soportar sus forradas era tan tranquilizador que hasta uno se olvidaba de cuánto lo odiaba.
Durante unos meses, fui contento al colegio sólo por el hecho de saber que no había forma de que volviera a cruzarme con Fernando Colombres durante el resto de mi vida pero tenía el gusto amargo de no haber podido nunca, en tanto tiempo, pegarle la paliza que soñaba por lo menos una vez por semana.
Hace una semana, me crucé con Fernando Colombres cuando caminaba por el centro. Me reconoció él a mí pero yo supe que era él porque cuando pasó por al lado mío me dijo "todavía usas esos anteojos de pelotudo".
No fue la voz lo que me hizo reconocerlo. No fue lo que vi, porque Fernando Colombres había envejecido el doble que yo, se había quedado pelado, estaba gordo al punto de tener tetas como una mujer y mientras yo no había hecho más que desarrollarme a lo largo, él se había quedado ahí, rondando el metro sesenta, centímetro más, centímetro menos.
Entonces, qué fue lo que reconocí. Reconocí la forma de mierda en que dijo esa frase. Era exactamente la misma forma de mierda que ya usaba cuando estábamos en el colegio.
Mentiría si dijese que no pensé en cagarlo a trompadas en plena calle. Mentiría si dijese que no me dieron ganas de reírme de sus tetas y su calvicie, de su pésima manera de vestir y de su gordura y de su transpiración. Tuve ganas. Muchas ganas. Las mismas ganas que tenía cuando soñaba que lo cagaba a trompadas y lo dejaba tirado, sangrando, medio muerto. Pero no hice nada de eso. Solamente metí la mano en el bolsillo, lo miré y le dije: "No tengo monedas, viejo."
Y seguí caminando.
Fernando Colombres me dio un poco de pena.
Sólo un poco.