Muv suele decir que boludo se nace. Ella dice "boluda" y lo dice remarcando las consonantes con fuerza. En general, lo dice cuando mi hermano se mandó alguna cagada y ella lo quiere hacer quedar como un forro delante de todo el mundo.
Hasta hace poco, la frase me causaba más risa que otra cosa, porque pensar que boludo se nace, siempre hace referencia a cosas más o menos disculpables (fá, calate esa. Desde que leo puedo decir esas palabras. Me di cuenta que antes de leer, mi vocabulario se reducía a 17 palabras entre las que se repetía boludo, unas 18 veces)
Decía que la frase me causaba gracia. Hasta el jueves.
El jueves me crucé a Amelia. Ni yo sé cómo la reconocí. Se había cortado el pelo y lo tenía de otro color. Además, me pareció que estaba más gorda. En realidad, no la reconocí a primera vista. Hubo algo: un olor, una sensación, un color que me hizo recordarla. Y sin pensarlo mucho, me saqué los auriculares y me fui detrás de ella, tomando coraje para preguntarle si era ella, de verdad.
No hizo falta que abriera la boca.
Hola, Jerónimo, me dijo y me sonrió y, a pesar de todas las diferencias y de mis dudas, ahí estaba. Ahí estaba Amelia.
Qué hacés, le dije. Qué hiciste.
Ella siguió sonriendo. Me preguntó si tenía tiempo y yo me hice el ocupado. No sabía bien si salir corriendo, si empezar a las patadas con todo, si sentarla en un bar todo el día a que me contara por qué se había esfumado, si abrazarla y pedirle que se quedara conmigo para siempre, que no se fuera nunca más, no sé. Pedirle disculpas, pedirle explicaciones, pedirle algo. No sabía.
Cómo estás, me preguntó. Cómo te va todo. Te pusiste de novio con Gaby.
A mi se me hizo un nudo en la lengua. Tenía tantas cosas para decir y no me salía ninguna. Estaba tan enojado.
Yo estoy bien, me dijo. Dejé de cantar. Voy a tener un bebé, me dijo y se tocó la panza que a mi me había parecido una panza de gorda.
De quién es el bebé, pregunté, pero sabía. Yo sabía que era del forro cortedepelooasis. Lo supe antes de que me lo dijera.
Entonces me contó que mientras salíamos, un día, ella se sintió profundamente triste a pesar de que estaba todo bien conmigo. Que le agarraba una pena tan grande, por ella, por mí, por todo, que empezó a pensar que lo que teníamos, se tenía que terminar.
Pero yo te quería, le dije. Y yo te quería bien, con pilas. Si me hubieras dicho, a lo mejor hubiese podido hacer algo.
No había nada que hacer. Lo que se siente, se siente y yo no me iba a quedar con vos por la pena que me hubiese dado romperte el corazón. Acá nos ves. Estamos los dos vivos, seguimos viviendo. Estas cosas pasan y uno se las guarda un rato y después se las olvida.
¿Ese bebé no es mío, no?
No. Este bebé es mío.
Y el papá quién es.
Blas
Nadie se llama Blas.
Bueno, me dijo ella.
Y como yo sabía perfectamente que Blas era el de cortedepelooasis y que era el mismo por el que ella seguía llorando cuando estaba conmigo, me sentí un boludo. Un boludo de nacimiento. Pero no boludo porque sí sino un boludo que se había pasado un año o un poco más extrañando a una mina que a la vuelta de la esquina se había olvidado de mí y no sólo se había ido con otro, también había quedado con el bombo de ese otro y, seguramente. -porque mientras pensaba eso no había caído en la cuenta- vivía una vida muy feliz con ese pelotudo viejo con corte de pelo de niño mientras yo sufría como un condenado y no sabía qué carajo hacer de mi vida.
Cuándo te olvidaste de mi, le pregunté. ¿Cuándo fue el día que te diste cuenta que para vos yo ya no existía?
Nadie tiene días para esas cosas, me dijo. Qué podía hacer yo, Jerónimo. ¿Pedirte que fuéramos amigos, que te volvieras parte de la familia? Vamos, eso sería ser cruel, más cruel de lo que ya fui. Yo no me olvidé de vos; simplemente supe, un día, una mañana cualquiera, que yo no te podía esperar y no te podía apurar. Y al principio, no fue fácil. No había nada planeado. Yo no tenía nada planeado. Sólo me fui. Me fui y te dejé sin avisar sabiendo que te ibas a recuperar, tarde o temprano. Para qué te iba a avisar. Para qué te iba a explicar. Los sentimientos no tienen explicación. No sirve reflexionar al respecto. Son acciones. Hechos. Cosas. Cosas que se tocan, que tienen peso. No sirve pensar. No sirve explicar nada. ¿Cuánto podrías haber cambiado? ¿Cuántas cosas podrías haber hecho? ¿Y yo? ¿Qué tenía que hacer yo? ¿Tenía que conformarme? ¿Tenía que quedarme con vos para no hacerte sufrir, pero sufrir yo por no ser todo lo feliz o triste que quisiera en el momento que quisiera?
Me quedé callado. Puta egoísta. Decidió por ella y por mí, lo que mejor le venía a ella. Me quedé callado y se me empañaban los anteojos, yo creo que de bronca.
¿Tu vida no es mejor ahora, Jerónimo?
Mi vida es la misma mierda de siempre, sólo que ya no me atormeto con eso.
Mal hecho. Tendrías que procurarte la mejor vida que puedas tener. No vas a vivir mil años y cuanto antes te consigas esa vida, más tiempo la vas a poder disfrutar.
Sí, pará, dije. Ahí voy. Qué tal, loco. ¿Me das una vida que me haga feliz? Poneme dos kilos, copate.
Ni yo supe para qué me hacía el listo. Si yo quería llorar como un nene. Decirle que todo lo que ella necesitaba, se lo hubiese dado. Que por qué no me había dicho las cosas, que por qué no me había contado exactamente lo que quería. Que yo podía pero no soy adivino. Que no sirvo para adivinar. Que tengo 25 y que la vida me harta con sus complicaciones. Que por qué las cosas que son simples se complican de semejante manera. Tantas cosas le hubiese dicho y sólo dije que me tenía que ir.
No sé qué más decirte, me dijo ella. Me gustaría pedirte que me llames pero no creo que aceptes. ¿Podré llamarte yo? Sin compromiso, si no tenés ganas no me atendés, todo bien. Sólo necesito que me digas si puedo.
Podés. No. No sé. ¿Para qué me querés llamar? ¿Para desaparecer dos meses después y dejarme como un boludo? Llamame. No. No sé. Hacé lo que quieras. Como hasta ahora.
Jerónimo...
La miré. La miré de arriba a abajo. Qué mierda pasaba en el mundo que ahora todos se convertían en padres. Qué mierda pasaba a mi alrededor que todo era panzas y bebés y recién nacidos y niños y madres y mujeres que dejaban de ser mujeres para ser madres. Por qué todo tenía forma de madre a mi alrededor. Por qué me tenía que encontrar con Amelia justo ahora que me empezaba a olvidar.
Yo tomé mi decisión, me dijo. Yo quería esto y no te podía meter a vos porque vos tenés mucho para caminar todavía. Estoy sola, si te sirve saber.
Sí, claro.
Estoy sola. La panza y yo. No hay nadie más.
Y el padre.
Qué padre.
El mío no va a ser, le dije y mientras lo decía, entendí.
El padre está donde estuvo siempre y donde siempre va a estar.
Boluda se nace, Amelia. Es lo único que te puedo decir.
Nunca me sentí menos boluda que ahora, me dijo y se puso a llorar.
Así estuvimos los dos, un rato.
Dos boludos de nacimiento, uno al lado del otro, una llorando y el otro sin saber qué decir, hasta que se hizo de noche y sin hablar, nos fuimos a mi casa.
Hasta hace poco, la frase me causaba más risa que otra cosa, porque pensar que boludo se nace, siempre hace referencia a cosas más o menos disculpables (fá, calate esa. Desde que leo puedo decir esas palabras. Me di cuenta que antes de leer, mi vocabulario se reducía a 17 palabras entre las que se repetía boludo, unas 18 veces)
Decía que la frase me causaba gracia. Hasta el jueves.
El jueves me crucé a Amelia. Ni yo sé cómo la reconocí. Se había cortado el pelo y lo tenía de otro color. Además, me pareció que estaba más gorda. En realidad, no la reconocí a primera vista. Hubo algo: un olor, una sensación, un color que me hizo recordarla. Y sin pensarlo mucho, me saqué los auriculares y me fui detrás de ella, tomando coraje para preguntarle si era ella, de verdad.
No hizo falta que abriera la boca.
Hola, Jerónimo, me dijo y me sonrió y, a pesar de todas las diferencias y de mis dudas, ahí estaba. Ahí estaba Amelia.
Qué hacés, le dije. Qué hiciste.
Ella siguió sonriendo. Me preguntó si tenía tiempo y yo me hice el ocupado. No sabía bien si salir corriendo, si empezar a las patadas con todo, si sentarla en un bar todo el día a que me contara por qué se había esfumado, si abrazarla y pedirle que se quedara conmigo para siempre, que no se fuera nunca más, no sé. Pedirle disculpas, pedirle explicaciones, pedirle algo. No sabía.
Cómo estás, me preguntó. Cómo te va todo. Te pusiste de novio con Gaby.
A mi se me hizo un nudo en la lengua. Tenía tantas cosas para decir y no me salía ninguna. Estaba tan enojado.
Yo estoy bien, me dijo. Dejé de cantar. Voy a tener un bebé, me dijo y se tocó la panza que a mi me había parecido una panza de gorda.
De quién es el bebé, pregunté, pero sabía. Yo sabía que era del forro cortedepelooasis. Lo supe antes de que me lo dijera.
Entonces me contó que mientras salíamos, un día, ella se sintió profundamente triste a pesar de que estaba todo bien conmigo. Que le agarraba una pena tan grande, por ella, por mí, por todo, que empezó a pensar que lo que teníamos, se tenía que terminar.
Pero yo te quería, le dije. Y yo te quería bien, con pilas. Si me hubieras dicho, a lo mejor hubiese podido hacer algo.
No había nada que hacer. Lo que se siente, se siente y yo no me iba a quedar con vos por la pena que me hubiese dado romperte el corazón. Acá nos ves. Estamos los dos vivos, seguimos viviendo. Estas cosas pasan y uno se las guarda un rato y después se las olvida.
¿Ese bebé no es mío, no?
No. Este bebé es mío.
Y el papá quién es.
Blas
Nadie se llama Blas.
Bueno, me dijo ella.
Y como yo sabía perfectamente que Blas era el de cortedepelooasis y que era el mismo por el que ella seguía llorando cuando estaba conmigo, me sentí un boludo. Un boludo de nacimiento. Pero no boludo porque sí sino un boludo que se había pasado un año o un poco más extrañando a una mina que a la vuelta de la esquina se había olvidado de mí y no sólo se había ido con otro, también había quedado con el bombo de ese otro y, seguramente. -porque mientras pensaba eso no había caído en la cuenta- vivía una vida muy feliz con ese pelotudo viejo con corte de pelo de niño mientras yo sufría como un condenado y no sabía qué carajo hacer de mi vida.
Cuándo te olvidaste de mi, le pregunté. ¿Cuándo fue el día que te diste cuenta que para vos yo ya no existía?
Nadie tiene días para esas cosas, me dijo. Qué podía hacer yo, Jerónimo. ¿Pedirte que fuéramos amigos, que te volvieras parte de la familia? Vamos, eso sería ser cruel, más cruel de lo que ya fui. Yo no me olvidé de vos; simplemente supe, un día, una mañana cualquiera, que yo no te podía esperar y no te podía apurar. Y al principio, no fue fácil. No había nada planeado. Yo no tenía nada planeado. Sólo me fui. Me fui y te dejé sin avisar sabiendo que te ibas a recuperar, tarde o temprano. Para qué te iba a avisar. Para qué te iba a explicar. Los sentimientos no tienen explicación. No sirve reflexionar al respecto. Son acciones. Hechos. Cosas. Cosas que se tocan, que tienen peso. No sirve pensar. No sirve explicar nada. ¿Cuánto podrías haber cambiado? ¿Cuántas cosas podrías haber hecho? ¿Y yo? ¿Qué tenía que hacer yo? ¿Tenía que conformarme? ¿Tenía que quedarme con vos para no hacerte sufrir, pero sufrir yo por no ser todo lo feliz o triste que quisiera en el momento que quisiera?
Me quedé callado. Puta egoísta. Decidió por ella y por mí, lo que mejor le venía a ella. Me quedé callado y se me empañaban los anteojos, yo creo que de bronca.
¿Tu vida no es mejor ahora, Jerónimo?
Mi vida es la misma mierda de siempre, sólo que ya no me atormeto con eso.
Mal hecho. Tendrías que procurarte la mejor vida que puedas tener. No vas a vivir mil años y cuanto antes te consigas esa vida, más tiempo la vas a poder disfrutar.
Sí, pará, dije. Ahí voy. Qué tal, loco. ¿Me das una vida que me haga feliz? Poneme dos kilos, copate.
Ni yo supe para qué me hacía el listo. Si yo quería llorar como un nene. Decirle que todo lo que ella necesitaba, se lo hubiese dado. Que por qué no me había dicho las cosas, que por qué no me había contado exactamente lo que quería. Que yo podía pero no soy adivino. Que no sirvo para adivinar. Que tengo 25 y que la vida me harta con sus complicaciones. Que por qué las cosas que son simples se complican de semejante manera. Tantas cosas le hubiese dicho y sólo dije que me tenía que ir.
No sé qué más decirte, me dijo ella. Me gustaría pedirte que me llames pero no creo que aceptes. ¿Podré llamarte yo? Sin compromiso, si no tenés ganas no me atendés, todo bien. Sólo necesito que me digas si puedo.
Podés. No. No sé. ¿Para qué me querés llamar? ¿Para desaparecer dos meses después y dejarme como un boludo? Llamame. No. No sé. Hacé lo que quieras. Como hasta ahora.
Jerónimo...
La miré. La miré de arriba a abajo. Qué mierda pasaba en el mundo que ahora todos se convertían en padres. Qué mierda pasaba a mi alrededor que todo era panzas y bebés y recién nacidos y niños y madres y mujeres que dejaban de ser mujeres para ser madres. Por qué todo tenía forma de madre a mi alrededor. Por qué me tenía que encontrar con Amelia justo ahora que me empezaba a olvidar.
Yo tomé mi decisión, me dijo. Yo quería esto y no te podía meter a vos porque vos tenés mucho para caminar todavía. Estoy sola, si te sirve saber.
Sí, claro.
Estoy sola. La panza y yo. No hay nadie más.
Y el padre.
Qué padre.
El mío no va a ser, le dije y mientras lo decía, entendí.
El padre está donde estuvo siempre y donde siempre va a estar.
Boluda se nace, Amelia. Es lo único que te puedo decir.
Nunca me sentí menos boluda que ahora, me dijo y se puso a llorar.
Así estuvimos los dos, un rato.
Dos boludos de nacimiento, uno al lado del otro, una llorando y el otro sin saber qué decir, hasta que se hizo de noche y sin hablar, nos fuimos a mi casa.

