miércoles

Cincuenta

Es un poco inevitable.
A la larga, terminás conociendo alguna mina, aunque no la quieras conocer. Aunque no te interese conocer a nadie, aunque no sepas para qué la vas a conocer. Igual, alguna conocés y si estás con ganas, cogés un rato y después te olvidás. Si la mina jode mucho, le decís que tenés novia. Quedás como un hijo de puta pero no te llama más. Según Taco, no llaman más porque tengo mucho culo: siempre me tocan orgullosas.
La cosa es que coger con cualquier minita no mejora nada de lo que me pasa. Y yo lo sé. Y lo empecé a descubrir un lunes cuando ya estaba repodrido de pasar de canal en canal y no encontrar nada para ver, había escuchado todos los temas que me gustan y había terminado la primera entrega de Diseño 3.
Entonces, salí a caminar, de embolado, por no quedarme adentro de casa. Y caminé y andá a saber qué me dio, que me metí en una libería.
Mimadre dice que si uno pretende ser artista, no puede vivir de dibujitos y guitarrita -así lo dice, la turra, como si le hablara a un subnormal-, que cada tanto hay que leer un libro de palabras. Que los artistas brutos no llegan a ninguna parte y que al final, con esto de que no me recibo nunca, en el mejor de los casos, voy a terminar tocando la viola en el subte o en un grupo de esos de cumbia.
Siempre dice: ojalá, ya esté muerta cuando eso pase; no toleraría tanta educación tirada a la basura.
Pero no pensé en eso cuando entré a la librería, que era más parecida a un supermercado que a una librería. Pensé en lo que pienso cuando escucho algunas canciones: si tantas canciones hablan de lo que me pasa es porque las cosas no me pasan sólo a mí. Y si hay tantos libros escritos, alguno debe haber que diga algo parecido a lo que me está pasando. A lo mejor, si lo leo, si veo que otro escribió una cosa como la que me pasa a mí, me siento mejor, más acompañado.
Estuve un rato largo paseando por los pasillos, pero la verdad, nada más me puse a ver los libros esos de rock y alguno que otro de diseño, para afanar alguna idea, porque como decía Rosario "vos sos así, como visual". Hija de puta, visual yo, que no veo un carajo.
Bueno, la cosa es que tanto dar vueltas, el de vigilancia me miraba como si fuera un chorro. Así que me fui caminando tranquilo para el lado en donde estaban los libros de leer.
Me puse a mirar los libros de los estantes, de arriba hacia abajo y de repente, siento que me tocan el hombro. Una piba. Una piba cualquiera.
Me alcanzás ese libro que está allá, me señaló. Pero allá había ochenta libros, yo qué sabía cuál quería.
Mirá que no soy de acá, le dije.
Sí, ya sé, disculpame. Pero no llego hasta allá arriba. Me lo alcanzás, por favor.
Todo bien. Cuál es.
Ese turquesa que está al lado del verde. Tiene un titulo largo. Yo lo veo desde acá.
¿Turquesa?
Sí, turquesa oscuro.
Ah, azul.
No. Turquesa. Mirá: hay uno anaranjado, uno lila, uno amarillo, uno verde y dos turquesa.
Ah, esos azules, dije y lo bajé.
Se lo dí.
Gracias, me dijo. Qué suerte ser alto.
Sí, dije yo. Y se fue. Y yo agarré el otro libro azul que quedaba en el estante. El título parecía una canción de Calamaro.
Leí las primeras líneas. Eran cuentos. No pasaba nada en esos cuentos. Fui a buscar el índice y miré los títulos.
Me puse a leer el cuento que se llamaba como el libro. El tipo del cuento decía que uno no sabe nada del amor y que todo es pasajero. No sé bien por qué, pero me compré todos los libros de ese tipo y me los llevé a mi casa.
No voy a decir que los leí en una semana. Fui leyendo salteado, un cuento de acá y otro de allá. Y eran fáciles de leer y parecía que cualquiera podía escribir esos cuentos porque eran como hablados. Como hablados en España, ponele, pero como hablados. No te sentías leyendo un libro.
Creo que en tres semanas, los había leído todos.
Entonces, volví a la librería, un par de veces más. Me hice amigo de un pibe, el que te decía el precio de los libros y me empezó a recomendar qué libros leer.
Ahora leo mucho. No sé bien para que sirve leer porque no me siento más inteligente que antes pero la verdad es que mientras leo, el tiempo se pasa volando.
A veces, se me ocurre alguna canción. A veces, siento que lo que leí, me pegó una patada en el pecho. A veces, no entiendo nada de lo que quiso decir el tipo, pero no me importa.
Me volví a cruzar con la piba que no llega a los estantes altos y me sonrió. No es muy linda pero tiene onda. Le puse un nombre porque, a veces, cuando leo, me gustaría hablar con alguien y no quiero todo el tiempo hablarle a Amelia. Amelia no va a volver nunca más. Y no voy a joder más a Gaby hasta que deje ese novio que tiene.
Así que cuando estoy solo, leyendo, en mi casa, a veces, hablo con Ojitos. Porque así le puse de nombre.
Y cada vez voy más seguido a la librería. Me parece que el flaco que te atiende en los estantes de los libros de leer, ya se avivó de que voy cada vez más seguido para ver si la encuentro a Ojitos, porque van dos veces que me dice "esta semana no vino".
Pero no la quiero conocer, ni nada. Solamente quiero poder contarle a alguien que el tipo ese, el de los títulos que parecen canciones de Calamaro, me mata de pena.
Podría decírselo a Muv pero Muv ya leyó todos los libros del mundo y ninguno la sorprende. Le sorprendería, eso sí, verme leer.
A lo mejor, uno de estos días, me animo y voy a leerle un cuento.
Cuando hablo con Ojitos, hago de cuenta que le leo las partes que me gustan. Ojitos, la Ojitos que yo me inventé, sonríe mucho y habla poco. A veces, se me mete en los sueños.
Pero yo no quiero nada con Ojitos ni con nadie. Porque al final, las minas son todas para quilombo cuando andan con un chabón como yo.
Igual, Taco me presentó a otras dos, no sé de donde las sacó. Las minas tienen novios o chongos o algo. Cada tanto viene alguna casa, cogemos y se van. Y está bien eso pero tampoco me encanta.
Cuando se lo cuento a Taco dice que es porque ahora que soy intelectual, se me llenó la cabeza de boludeces. Que por qué no me gasto la guita en las minas, en lugar de tanto libro.
Justo ahora que estás solo y la guita te sobra, te pusiste a comprar libros. No, si vos pensás con el orto, Jero, me dice.
Si hubiese tenido más guita cuando estaba Amelia, le hubiese regalado cosas, no se lo digo pero lo pienso. Me hubiese dado cuenta de que cuando a uno le gusta una mina hay que regalarle cosas y hablarle. Hablarle mucho porque si vos no hablas, la mina no puede adivinar. Y si se pone a adivinar, mirá lo que pasa: se raja a la mierda y no la encontrás nunca más.
Pero Taco insiste en que me gaste la guita en las minas. Yo lo escucho y no digo nada. Porque a mí siempre me gustó enamorarme. Me siento más bueno y más lindo cuando me enamoro de una mina. Lo que por ahora no puedo saber es por qué me enamoré.
Por qué me enamoré de Amelia y no me di cuenta de que me había enamorado.
Cuando pienso en eso, me siento tan mal que me dan ganas de morirme.
Cuando me dan ganas de morirme, pongo Joy Division y me tiro en la cama.
A veces, lloro. A veces, quiero salir corriendo. A veces, no sé qué mierda hacer.
A veces, me siento vacío y ahí pienso que si yo fuera mina, jamás saldría con alguien como yo. Porque no me doy cuenta de nada. Y cuando me doy cuenta, es tarde.
Soy miope de cerebro.


lunes

Cuarenta y nueve

La verdad es que ya no sabía que hacer con mi tiempo libre. Uno no se da cuenta la cantidad de tiempo que invierte en una mina hasta que la mina lo larga. Si me pongo a hacer la cuenta, si no hubiese salido con Rosario, por ejemplo, a lo mejor, hubiese metido dos materias más de la facu.
Si no la hubiese conocido a Amelia, capaz este año me recibía. Bah, terminaba de cursar.
En eso me ponía pensar en los ratos muertos, cuando no tenía laburo y ya había terminado de hacer las entregas para la facultad y había lavado la ropa, limpiado el baño, ordenado las cosas de la cocina. Porque uno se da cuenta que el tiempo que se iba en viaje o en ir a buscar o en encontrarse con la mina, cuando la mina no está, lo invierte en otra cosa. Y a mí, se me había dado por ordenar, limpiar, organizar. Como si hacerlo con la casa, me sirviera para ordenarme a mí, a mi cabeza.
Veía más veces a mimadre y ella era la que me recomendaba actividades.
Andá al cine, lee libros, caminá, nadá, corré, salí a andar en bicicleta. No sé, me decía, ocupate en algo.
Me ocupo, má, pero el día no se pasa nunca.
Yo dije que esa mujer no era para vos.
Y por qué lo decías.
Porque era demasiada la diferencia de edad. Y la ibas a terminar pudriendo, Jerónimo.
Bravo, mimadre y sus comentarios edificantes.
De a poco, había vuelto a hablar con mi hermano. No era lo mismo que antes. Salvador no me parecía un campeón. Apenas, un tipo como cualquier otro pero él me consolaba un poco mejor que mimadre. Me contó cuando Muv lo plantó.
Y ahora, mirala. Está ahí, con tremenda panza, me decía.
Y yo pensaba que sí, que Muv ahí estaba pero Amelia no estaba en ningún lado. Y también pensaba que yo no me imaginaba a Amelia con tremenda panza y menos que menos, con tremenda panza que tuviera que ver conmigo. Porque yo no me imagino padre, ni ahí. Si, claro que un día quiero tener hijos y todo eso, pero ahora, ni ahí.
Lo que también sé es que, a veces, cuando salgo con Taco, o mejor, cuando Taco me rompe tanto las bolas que termino saliendo, todas las minas me parecen unas idiotas. Me aburren. Y no importa si son lindas o feas, a veces. Últimamente, ni me doy cuenta cómo son y eso es raro. Pero, al toque, me doy cuenta de que me aburren. No tengo nada para decirles. No tengo, ni quiero.
Al rato de hablar con alguna, a lo mejor, me cambian el nombre o me miran con asco, como si yo les fuera a hacer algo. Claro, justo yo. Justo yo, que si no pienso en Amelia desnuda, ni se me para.
Porque todo lo que tengo para contar, se lo tengo que contar a Amelia. Porque todo lo que quiero contar, se lo quiero contar a ella. Y con la única que quiero volver a coger es con ella. Así. Así como lo digo.
Pero no porque esté obsesionado sino porque ella me entendía, me escuchaba, no tenía que explicarle demasiado las cosas y me hacía sentir como cuando alguien te quiere tanto que es capaz de contagiarte que vos también te quieras más. Las boludeces que digo, de a ratos, no tienen precio. Soy patético.
Cuando le dije eso a mi hermano, mi hermano me escuchó y me hizo que sí con la cabeza.
Pendejo, no te mandes ningún mocazo, me dijo. No creas que con otra mina vas a sacarte a Amelia de la cabeza, porque no es así. Yo sé lo que te digo.
Pero qué mina ni que mierda. Lo único que hubiese querido, en ese momento, hubiese sido que Amelia se dignase a contestarme uno de los 24 sms que le mandaba por día o el mail diario, en dónde le contaba como iba todo, desde que ella no estaba más.
Gaby se había puesto de novia. Cada tanto, hablábamos un poco, pero como sin onda. Y la piba tenía razón. Ni yo sabía bien por qué la jodía con los llamados. Bastante paciencia tiene conmigo, todavía.
Taco me decía que me tenía que buscar otra mina pero Taco es un tipo práctico.
La gente es rara. Siempre cree que tiene la mejor solución para tu problema.
A mí, todos -mimadre y mi hermano-, también, me parecían desconocidos. Como si además de no saber donde estaba Amelia, me estuviese diluyendo. Olvidándome de todo.
Un día me desperté y no recordé como era su cara.
Ese fue uno de los peores últimos días. Sentí un gusto amargo en la boca y un dolor en la garganta, como si no pudiera tragar. O como si tuviera un ladrillo atorado en la mitad del cuello.
Y no me pude acordar de la cara de Amelia en todo el día.
A lo mejor, de verdad, estaba olvidándome de todo.


miércoles

Cuarenta y ocho

Me metí de lleno a laburar. Tenía más plata de la que tuve nunca. Se me ocurrió comprarme una bici. Todas las tardes, me iba en bici a la facultad. Algunos días, a la salida, seguía de largo y llegaba hasta la casa de Amelia. Daba la vuelta manzana pensando que alguna vez, la iba a ver.
No la vi nunca y con los días, fui perdiendo la esperanza de volverla a ver. No voy a decir que cada tanto, cuando se me daba por ir en bondi a la casa de mimadre o a la de mi hermano, no me parecía verla. La verdad es que creí ver a Amelia hasta adentro del estuche de la viola, pero no. Nunca era ella.
La cosa es que estos últimos días anduve a las corridas por culpa de Taco y eso me despejó un poco de pensar tanto, tanto en Amelia, porque pensar tanto no está tan bien y porque a veces, me sentía mareado de tanto pensar en ella.
Y dale, boludo, hacele la tarjeta a mi hermana, qué te cuesta, me había dicho Taco como dos meses antes del cumpleaños de quince de Marina.
Y yo que estuve todo enquilombado el último tiempo, me olvidé de hacerla hasta que Taco me hizo acordar. Quedó bien para haberla hecho a último momento. Las puteadas de Taco me hicieron reaccionar rápido y le pedí unas fotos de Marina desde que nació hasta la última que le habían sacado. Armé un collage. Y en cada foto, yo me acordaba de algo.
Lo mejor de todo fue que me di cuenta que Marina era a la única que conocía desde que nació y más de una vez pensé, por el rollo ese que tupadre tuvo con la madre de Taco, si no sería hermana mía pero nunca me animé a preguntárselo a nadie. No nos parecemos. Mi hermano y yo tampoco somos parecidos, salvo en la altura y Marina es más bien petisa.
Obvio, me invitaron a la fiesta.
Una garcha los cumpleaños de quince. Lleno de pendejos en la peor edad. Llenos de granos. Algunos con voz de hombre y cuerpo de nenito.
Las minas la pasan mejor. Si ya desarrollaron, son unos hembrones, que te lo tenés que pensar dos veces. Y encima, las guachas se tiran todo encima. Y se pintarrajean como si tuvieran treinta años. Como si uno fuera de madera. Claro que si les hablás dos palabras, te das cuenta de que, con suerte, tienen quince recién cumplidos.
Necesito pedirte un favor, me dijo Taco una semana antes de la fiesta.
Y dale.
Quiero que le cantes a mi hermana un tema para cuando entremos al salón.
Yo?
Y sí, pelotudo. Quién le va a cantar. No ves que yo entro con ella, no puedo cantar y entrar al mismo tiempo.
Entrá cantando, le dije pero en chiste.
No. Cantás vos con tu guitarrita y eso. Para qué sos el músico de la familia, al final.
Y bueno. ¿Qué tengo que cantar?
No tengo ni puta idea de lo que le gusta a esta pendeja. Buscate algo así, más o menos emotivo. No le vas a cantar una de AC/DC. Yo qué sé. Alguna que no sea muy muy triste pero más o menos. A las minas les gusta llorar cuando entran a las fiestas de quince, acordate.
Sí, me acuerdo. Capaz ahora ya no lloran.
Qué no van a llorar.
Buscate algún tema y metele. El sábado tenés que estar a las 8 en el salón. Y si me hacés quedar mal, te cago a patadas.
Eh, violento.
Y sí, boludo. Es mi hermanita.
Hermanita. Capaz era mi hermanita, también, pensé.
Me rompí la cabeza pensando en qué tema podía usar. Qué tema era más o menos triste. Todos los temas me parecían tristes, hasta que me acordé de uno que había escuchado la anteúltima vez que Amelia y yo estuvimos juntos.
Me costó poder cantarla, igual. Pero mientras la ensayaba una y otra vez, me vino un flash a la cabeza, de repente.
Cuando Marina tenía cuatro años, siempre decía que cuando fuera grande se iba a casar conmigo. Un día, cuando volvimos del colegio, la encontramos con los labios pintados y los zapatos de la madre puestos.
Taco había puesto la leche a calentar y yo esperaba, sentado en mi lugar de siempre en la mesa del comedor. Marina se puso del otro lado de la mesa y miró un poco para arriba.
Jero, me dijo.
Qué.
Vos no te querés casar conmigo, cuando yo sea grande, me preguntó.
Y a mí me dieron ganas de abrazarla porque me dio como cosita que se quisiera casar conmigo cuando yo tenía trece años, pero ni me moví porque Taco siempre cuidó a su hermana como si fuese de cristal. Entonces, me reí.
No te rías. Te pregunto denserio, me dijo y puso cara de enojada.
Bueno, dale. Cuando seas grande, nos casamos.
Bien!, gritó y salió corriendo a contarle a Taco. Taco no me dijo ni una palabra.
La canción me empezó a salir mejor. Para el día de la fiesta, me salía mucho mejor. Casi decente.
Estuve nervioso todo ese día, como si el que tuviese que entrar con Marina fuera yo.
Me puse el traje que me regaló tupadre. Me peiné. Llegué al salón, a las 8 en punto. Probé los micrófonos. El sonidista era un tipo piola. Me dijo que si me copaba eso, me recomendaba para otros sociales. Yo le dije que sí, total...
Empezaron a llegar los invitados. Cada vez estaba más nervioso. Me transpiraban las manos. Los mozos iban y venían. Y la gente entraba y entraba.
Llegó el momento. Apagaron las luces. Me senté en mi silla y empecé a tocar con los ojos cerrados.
Canté lo mejor que pude. Cuando abrí los ojos y ví a Taco y a Marina entrar, me tembló un poco la voz. Algunas pibas, cuando se ponen los vestidos esos, parecen salidas de un cuento.
Me di cuenta que mi mejor amigo había dejado de ser un pibe. Se había afeitado, estaba limpio y tan trajeado como yo. Parecía un hombre. Si mi mejor amigo parecía un hombre y no el pibito que él y yo siempre veíamos, entonces, yo también me había convertido o me estaba convirtiendo en eso.
La gente me aplaudió mucho cuando terminé de cantar.
Marina, que había llorado como una loca, me dio un abrazo que casi me asfixia. Mi amigo de toda la vida, también.
La fiesta estuvo bien. Me divertí, tomé un poco. Poco, porque Taco me tenía controlado. Saqué a bailar a todas las viejas. Y no me acerqué a ninguna de las compañeras de Marina porque Taco me había amenazado casi de muerte.
Cuando llegó el vals y me tocó bailar con Marina, me di cuenta de que soy totalmente discapacitado para bailar, pero no me importó.
Te acordás, me preguntó Marina, que cuando era chiquita me quería casar con vos.
Me acuerdo, le dije, riéndome de costado. Todavía te querés casar conmigo?
Ni loca. Si sos un estúpido como Taco, me dijo la pendeja de mierda. Además, para mí, sos mi otro hermano.
Me dio un beso en el cachete.
Y me dejó pelotudo. Porque yo la vi nacer y crecí con ella. Y era su otro hermano.
Me emocioné casi como la abuela.
La fiesta terminó de día. Ya no tenía puesta la corbata, había revoleado el saco y tenía la camisa abierta y transpirada.
Taco me abrazó, cuando me iba.
Gracias por todo, me dijo. Gracias por todo, hermano.
Y después de mucho tiempo, mientras mi amigo me abrazaba por décima vez en la noche, me dieron ganas de llorar.
Porque Taco, Marina y yo éramos los únicos que seguíamos juntos después de todo, a pesar de todo, incluidos nuestros padres.
Y eso es una familia. O no?


viernes

Cuarenta y siete

No encontraba con quién hablar de Amelia. No iba a hablar con mi hermano, porque todavía no se me iba la bronca de su pendejada. Mimadre ya había dicho que Amelia no era para mí. Taco me iba a decir que me olvidara.Gaby no era la persona indicada, menos para irle a llorar por Amelia. Eso yo lo podia saber sin necesidad de probar.
Mis intentos por encontrarla habían sido una porquería. El pibe ese que conocí en su casa, Javier, no sabía nada de Amelia. La que le alquilaba la pieza, tampoco.
No se me ocurría por dónde seguir buscando y no sabía con quién hablar. Sólo quedaba una persona que quizás, me podía escuchar sin juzgar a nadie.
Qué hacés, Muv. Estás hoy a la tarde en tu casa, le pregunté cuando la llamé por teléfono.
Sí, Jerito. Voy a estar toda la tarde hoy y mañana y pasado mañana. Los porotos me tienen tirada en la cama hace dos semanas. Necesito compañía y gente que me hable de otra cosa que de bebés y nacimientos y peridural.
Voy para allá.
Dale.
Lo mejor que tiene Muv es que uno puede hablar con ella, como si hablara con un chabón. Lo peor que tiene es que cuando uno se manda una cagada reacciona como una mina. Supongo que de eso se enamoró mi hermano. De la mezcla. Porque es dificil ser amigo de una mina que te habla como un chabón y que cuando te mandás una cagada reacciona como una mina.
Tardó un año en abrirme.
Pasá, dijo. Soy un asco. Estos pibes me van a tirar al tacho. Si yo sabía que tener pibes era esto, los compraba hechos.
Me dio risa.
No sé qué le ven de maravilloso al embarazo. Te sentís como el orto, te duele la espalda, se te hinchan las piernas, no hay forma de dormir cómoda. Y no quiero pensar si tengo que parir dos veces. Dos veces, te das cuenta? Un cartel. Eso tendría que ponerme. Un cartel: ahí va la boluda primeriza que tuvo mellizos. Todo es anormal en mi vida. Todo.
Lo decía de una manera graciosa, como cuando alguno cuenta chistes de humor negro y vos escuchas decir cosas terribles pero contadas de una forma que te da tanta risa que no podés evitar reirte.
Muv se acostó. Me hizo sentar en la cama.
Bueno, yo no puedo ir y venir, asi que te ocupas vos de preparar la merienda y eso. Pero antes, me contás qué te pasa, Jerito.
Y entonces, le conté. Cosa por cosa, cagada tras cagada, vuelta tras vuelta.
Ella me escuchó con paciencia y sin interrumpir. Dejó que yo hablara como si estuviera hablando solo y tengo que reconocer que pocas veces me sentí tan cómodo hablando. Como si estuviera solo. Como si estuviera hablando con mi cerebro o con el espejo.
Y eso. Hace más de un mes que no la veo y ahora no sé dónde está, ni sé dónde buscarla, terminé de decir.
Muv se acomodó en la cama. Sonrió un poco. Me agarró de la mano y yo, en ese momento, cuando su mano que estaba tibia apretó mi mano, pensé en que siempre me hubiese gustado tener una madre más cariñosa. Y comparé la mano de Muv, que ahora estaba hinchada y gorda, con la mano fría y huesuda de mimadre.
Me parece que no la tenés que buscar, me dijo. Si se escapó es porque tiene miedo. Necesita pensar. A veces, no podés pensar donde estás y te tenés que mover a otro lado, a un lugar donde nadie te pueda encontrar. ¿A vos te parece que te quiere?
Sí.
¿Vos la querés?
Sí. Pero soy un pendejo del orto.
Jé. Sí. Te viene en los genes, me dijo. Pero si te quiere, ella va a volver. Ahora, ¿vos la querés en serio?
Sí. La quiero en serio. Pero también quiero otras cosas. Y son cosas que ella no quiere.
Bueno, la diferencia de edad ahora es notable.
No, no es. Ella, a veces, es más pendeja que yo.
Te puede parecer pero no. De hecho, no se fue por pendeja. Se fue por cagona.
Se fue porque yo soy un boludo.
También, pero ella sabe que vos tenés veintitrés años. Eso te habilita a mandarte cualquier cagada. Supongo que se fue a decidir.
¿A decidir qué?
A decidir si se banca tus cagadas o no. Me parece que la tenés que dejar que decida.
Sí. Pero la extraño y no sé qué hacer si ella no está.
Ah, no, Jerito. El bolero a mí, no. Hacé tu vida. Tus cosas. Lo mismo que hacías mientras ella estaba. Laburá. Armá tu banda de una vez. Ponete las pilas con la facultad. Hacé cosas. Es la única manera de esperarla, si es que la vas a esperar. Yo no sé si la esperaría en tu lugar. Tenés que patear muchos cordones, todavía.
Y me la pierdo. A Amelia, digo. Me la pierdo por pendejo, claro. Por haber nacido diez años después.
Eso nunca se sabe. El día que menos esperás, la mina te está golpeando la puerta. Lo que digo es que no podés girar alrededor de una mina. Al menos, no de esta mina. Hasta que vuelva.
No entendés.
Si que entiendo. Entiendo mejor de lo que crees. Y la entiendo a ella, mejor que vos. Lo único que puedo decirte es esto: caminá tu vida. Nadie la va a caminar por vos. ¿Tomamos la leche?
Me di cuenta de que no me iba a dejar seguir hablando del tema. Y que me había dicho todo lo que me podía decir. Yo le prometí intentarlo todo pero si digo que dejé de pensar en encontrar a Amelia, miento.
Tomamos la leche. Le toqué un par de veces la panza. Ya no sabés cuántos porotos tiene ahí adentro. La mano de Muv seguía tibia. Y fue una de las pocas veces, que tocándole la panza y con su mano sobre la mía, sentí que había alguien que no tenía miedo de quererme.
Pero eso es porque Muv es así, parece. No le tiene miedo a nadie.
No te preocupes tanto, Jerito. Las cosas suceden aunque uno no quiera. Si esta chica tiene que volver, va a volver. Soltala. Hay cosas que hay que soltarlas para que puedan ser. Haceme caso.
Voy a intentar. Voy a intentar.
Me quedé ahí toda la tarde. Me fui antes de que llegara mi hermano. Lo único que sabía era que tenía que ir arreglando una cosa por vez.
Cuando llegué a casa, me puse a hacer cosas de la facultad. La noche se me pasó volando.
Hay gente que parece un nido. Cuando te acercás, te sentís protegido. Como si nada malo te pudiera pasar si estás con ellos. Muv es así. Estoy seguro.
Qué orto que tiene mi hermano.



martes

Cuarenta y seis

Creo que fueron tres semanas o cuatro, las que estuve encerrado en casa, laburando como un trastornado. Desde que vi a Gaby la última vez, hasta el día en que me quedé sin laburo, sin una sola puta imagen que retocar, un puto banner que armar.
Pasaron veinte días o un poco más, no puedo recordarlo bien. Sé que en el momento en que no había nada más por hacer, cuando ya llevaba más de dos noches sin dormir y comiendo cualquier cosa -arrasé hasta con un frasco de mermelada a cucharada limpia porque no había nada más en la heladera- me di cuenta de que no sabía nada de Amelia. Pensé que no podía ser. Que seguramente habíamos hablado en esos días que para mí fueron un día larguísimo y que por eso no me acordaba.
Le mandé un sms, cerca de las tres de la tarde. Eran las seis y no me había respondido.
Probé con el teléfono de línea. Contestador. Dejé mensaje. A la media hora, volví a llamar. Contestador, otra vez. Dejé otro mensaje.
Eran las diez de la noche cuando decidí ir a su casa. Esperaba que no le hubiese pasado algo malo. Esperaba que todo estuviera como la última vez que la ví, aunque no era, en ese momento, tan idiota como para pensar que podía estar todo bien, por lo menos, conmigo.
Llegué cuarenta minutos después.
Caminé la cuadra que faltaba para llegar. Toqué el timbre. "Quién", preguntaron de adentro pero no era la voz de Amelia. Era una voz de hombre, desconocida. Dije mi nombre. Jerónimo.
Vi una sombra acercarse por el pasillo a través del vidrio de la puerta. Hasta yo podía darme cuenta de que el que venía por el pasillo no era Amelia. Abrió la puerta y era un hombre, un poco gordo, un poco viejo.
A quién busca.
Vengo a ver a Amelia.
No vive más acá, dijo y yo me reí.
Dale. Decile a Amelia que vino Jerónimo.
La chica no vive más acá. Se mudó la semana pasada, me contestó.
¿Cómo que se mudó?
Se mudo, viejo. ¿Qué quiere que le diga? Yo estoy desde el sábado al mediodía.
Pero, ¿vos sos de la pieza H?
Departamento H, sí.
¿No dejó ninguna dirección? La chica, digo, dije.
No. A mí no me dejó nada. Pruebe mañana, en el A, que vive la dueña.
¿Ahora no está?
Ahora no hay nadie, viejo. ¿No ve la hora que es?
Me cerró la puerta en la cara.
Me quedé parado mirando los círculos del vidrio de la puerta y viendo como el tipo se alejaba por el pasillo. Creí que estaba soñando. Que tenía uno de esos sueños en donde te parece todo tan real que no crees que es un sueño y me dije en voz alta, un par de veces, "despertate, pelotudo". Después me lo grité pero alguien de no sé donde, me mandó callar.
Caminé de nuevo hasta la parada del bondi.
¿Dónde se había ido Amelia? ¿Cómo no me avisó? ¿Cómo se muda alguien sin decirle al chabón con el que está curtiendo, la dirección nueva? ¿Cómo me podía hacer algo así?
Ella siempre me dijo que iba a estar ahí. Me lo prometió.
Hasta la última vez que vine, hasta la última vez que me despidió en esa puerta, lo dijo. Pero se las tomó sin hacer ruido y sin avisarme.
No entendí nada. No terminaba de creer lo que pasaba. Le mandé un sms, de nuevo. "Me dicen q t mudaste DND ESTAS"
Nunca me contestó.
Hace una semana que pienso en esto. Hace una semana que no puedo creer que no sé por dónde buscar a Amelia.
Hace una semana que siento que me falta el aire. Hace una semana que me parece que ni yo sabía lo que había hecho la última vez que la vi. Hace una semana que intento entender cómo pudo irse así, sin dejar una dirección, un teléfono.
Hace una semana que le mando mensajes y llamo al celular y no me contesta.
Esta mañana me miré en el espejo. Me quedé mirándome un rato largo. Y no me gustó lo que vi.
Y me hablé. Me hablé en el espejo.
Ni vos sabías que Amelia se podía desintegrar. Eso me dije.
Porque yo podía vivir sin tupadre cerca. Aunque me doliera su muerte. Estoy acostumbrado a no verlo. A verlo una vez cada tanto. Pero no estoy acostumbrado a que Amelia se desintegre. Porque me había prometido que iba a estar ahí para mí. Para lo que yo quisiera. Para lo que necesitara. Pero ahora no está ahí y no sé dónde buscarla. Y me siento para el orto. Porque soy un forro. Porque estaba tan furioso, tan hecho mierda que no me di cuenta que durante un mes, todo fue silencio.
Si con tupadre muerto había perdido en quién mirarme; con Amelia desintegrada había perdido la mitad del cuerpo, una pierna, no sé. Así me siento.
Porque cuando estaba con Amelia, cuando estábamos los dos juntos, cada vez que nos veíamos, era como si algo hiciera "clac" y cerrara perfecto. Porque eso era Amelia para mí. Era la que se reía de mis boludeces y la que me acomodaba el flequillo; la que se daba vuelta en la cama y me dejaba abrazarla, mientras me acariciaba la mano; la que cantaba "I wanna be sedated" a los gritos, mientras yo tocaba la guitarra con los ojos cerrados; la que me escuchaba con atención y la que me retaba como a un nene y las horas se me pasaban volando. No conocí a nadie así, antes. No me la puedo sacar de la cabeza. La veo sonriendo, cantando, saltando, vestida de pibito, prendiendo sahumerios, caminando con la cabeza mirando el suelo. Es en lo único que pienso. En todas las caras de Amelia desde que la conocí hasta la última vez, cuando me dio un beso en los dedos. No me di cuenta que se estaba despidiendo. Soy un pelotudo.
No pude saber nada de ella en estos meses. No me calenté por saber. Y lo poco que sé, lo que pude adivinar después de putearla en todos los idiomas, lo supe cuando me miré en el espejo y caí que, con esa borrada de mierda, digna de un hijo de tupadre, le hice pagar a ella, justo a ella, la muerte de tupadre, la pelotudez de mi hermano, la distancia de mimadre, la pendejada de querer cogerme a Gaby, la puta carpeta de Rosario que no dejo de revisar.
A ella. A ella que era la única que estaba conmigo por mí.
No me di cuenta de que se podía escapar de mí para no sufrir. ¿Cómo no me di cuenta de que tenía miedo? ¿Cómo pude volverme este pendejo tan egoísta en tan poco tiempo? Cómo no se me ocurrió que Amelia, siendo como es, se podía rajar sin avisar; sin darme una sola señal de que se estaba yendo.
No sé qué hacer ahora.
No sé por donde empezar a buscar.
Y me siento mal.
Peor que el día en que tupadre se murió porque ese día, Amelia estaba ahí y ni siquiera se permitió llorar delante mío.
Ahora me siento peor porque es como si me hubieran arrancado algo del cuerpo, un pedazo tan grande que todavía lo puedo sentir, late, se mueve, me pica. Eso siento. Como si me estuvieran desgarrando un pedazo del cuerpo tan de a poco que es imposible que no me duela.
Estoy aturdido, todavía no lo creo. No lo quiero creer. Me va a llamar o va a venir a verme.
No me va a dejar solo, aunque yo la haya dejado sola, antes.
Frente al espejo, de repente, me dí cuenta de todo. Esto debe ser amor, creo. Esa cosa que cuando te falta, te querés morir. Esa cosa que recién cuando no está más, te enterás que la sentías. Tiene que ser eso.
No hay otra cosa, que yo pueda recordar, que me haya dolido así.
No sé cómo voy a hacer.
No sé por donde voy a empezar.
Lo único que sé es que tengo que encontrar a Amelia. Porque si ella no está cerca, no sé qué hacer.
Me falta el aire.
Todavía me falta el aire.
Lloré todo el día.
De la peor manera que se puede llorar.
Sin lágrimas.



miércoles

Cuarenta y cinco

Me da vergüenza contarlo pero ni bien llegué a mi casa, le mandé un sms a Gaby. Lo pensé un minuto y dije "qué tan malo puede ser". Si me cortaba la cara, bueno, tenía un motivo más para tirarme en la cama y deprimirme a gusto porque mi vida era una mierda, otra vez, como antes. La diferencia era que ahora, en comparación, mi vida sí era una mierda. Pero de verdad.
Me respondió al toque. "Dale. En el parque. A las nueve. Beso. Beso". Lo leí y se me paró. Después de muchos días, se me paró con un sms. Todo mal.
Llegué veinte minutos antes y ella ya estaba ahí, sentada en un escalón, fumando. Me le acerqué y me miró sentada, mientras pitaba, con los ojos así, todos para arriba. Turra. Esa piba sabe. SABE.
Si yo no fuera tan largo y ella tan chiquita, tan muñeca, me le tiraba encima pero no; me senté al lado y le dije "qué tal", con esa voz de forro que pongo cuando estoy muy nervioso.
Y ella me dijo "hooooooooooola, Jerome, my man", así, con muchas o, con toda esa boca que te dan ganas de morderla y me hizo una sonrisa y me palmeó la rodilla.
¿Cómo te va?
Ahí, dije.
Ella levantó una ceja. "Ya sé", dijo y movió la cabeza y torció la bocota y dijo "ay", pero para adentro, como un suspiro. Volvió a pitar, tiró el humo para el costado.
Hagamos algo, le propuse. Tomemos una birra, un vino, no sé. Algo.
Dale. Dónde.
Donde sea. No me importa.
Bueno.
Caminamos y caminamos. No hablamos. Caminamos, nada más. Ella intentó decir algo un par de veces pero no se animó. Al final, nos sentamos en el umbral de una puerta, en una calle oscura de esas que están más o menos cerca del parque.
Y estuvimos ahí sentados uno al lado del otro, un rato larguísimo. Le acaricié la mano y ella se dejó acariciar. Después, me pasó un brazo por la espalda y se acostó sobre mi hombro y me acarició la espalda un rato. Le quise dar un beso. Se lo di.
No, me dijo.
Por qué.
Porque no.
Por qué no.
Porque no estás bien y no sabés lo que estás haciendo.
Y vos qué sabés.
Se te nota.
Dónde.
En todos lados.
Sí que sé.
No. No sabés.
Te digo que sí.
No. No sabés, pendejo.
Y cuando me dijo pendejo, me miró a los ojos, pero como cuando te miran al fondo de todo, como si te estuvieran viendo el alma o alguna forrada de esas. Qué mierda tienen las minas con mirar a la gente así. Te destripan, loco. Con una sola mirada, te descuartizan entero.
Gaby...
No, Jerome.
Pero qué. No está todo bien?
Está todo bien, claro. Pero así no.
Me quise pegar un tiro en las bolas, para qué mentir. A mi siempre me tocan las que adivinan. O yo soy un boludo al que se le nota todo.
Así cómo, le pregunté y ella se levantó y se hizo más chiquita pero adelante mío porque yo había dejado de mirarla. Me movió la cara para que la mirara.
Así. Porque estás desesperado y no sabés qué hacer, no. Porque vos tenés tu chica y porque yo te quiero, boludo. No sos una transa. No da, así. No da. No hagas quilombos.
Pero si vos ya sabes...
Sí, yo ya sé, vos ya sabés, los dos ya sabemos. Pero yo no te voy a dejar que le hagas a tu chica lo que no me gustaría que me hicieras a mí. No te dejé con Rosario. No te voy a dejar con Amelia. Menos con Amelia porque no da y porque me cae bien. Y porque es mejor que seamos amigos, ponele. O algo así. Porque a vos esto se te va a pasar y vas a ser el mismo pibe de antes.
Claro. El mismo boludo de antes que se come los mocos.
No. El de antes. El que no estaba enojado. No me forrees. Siempre me buscás cuando no sabés qué hacer.
Quién te forrea, loca. Quién te dijo que no sé qué hacer.
Por qué no estás con tu chica, ahora.
Porque quería estar con vos.
Ok. Acá estoy. ¿Querés hablar? Hablamos. ¿No querés hablar? No hablamos. Pero no vamos a coger. De esta manera, no. En estas condiciones, no.
No me la compliques, Gaby.
Te la complicás solo, lindo, me dijo y se paró. La bronca no se te va a pasar saltando de mina en mina. Si te comés esa, es cualquiera. La bronca se te va a pasar con los meses. Con los años, a lo mejor. Nunca se te va a pasar del todo.
Otra que se las sabe todas. ¿Dónde les enseñan? ¿En la escuela? ¿Les dan un manual?, le pregunté con tanta bronca que tuve que apretar los dientes.
Levantó los hombros. Sonrió de costado. Fue una sonrisa triste. Ojalá no hubiese sonreído así.
Yo sé todo lo que tengo que saber. Con eso te alcanza. No te importa cómo ni por qué. Ahora quedate con los que te quieren bien y con los que vos querés. Esos te van a bancar, aunque te hinchen un poco las pelotas. Tu chica, Taco, tu hermano, tu vieja. No los cagues por no saber qué hacer. No te va a servir para nada. No salgas corriendo porque estás desesperado.
Y nosotros, qué?
Y nosotros, nada. Ahora, nada.
Cuándo?
No sé. En algún momento, si tenemos suerte. A lo mejor, nunca. Tenemos tiempo. Ya veremos.
Estás en pareja.
En pareja? Boludo, tengo veintidós años. Qué pareja?
Si es Gaspar, me mato.
Gaspar es un idiota.
Ya se sabía eso. Pero parece que preferís a los idiotas.
Respiró hondo. Miró para un lado y para el otro. Y de repente, parada a cuatro baldosas de donde estaba sentado, con un brazo en la cintura y la mano del otro brazo tocándose la cara, me pareció mucho más larga que yo.
Prefiero a los que están menos enojados que yo. No quiero ser un parche. No quiero ser un parche para vos. Vos no sos un parche para mí, boludo. Y yo no te puedo ayudar a salir de donde te metiste, ahora. Porque no tengo fuerza para tanto, porque no entiendo nada, porque yo también estoy enojada y perdida y hago cagadas todo el tiempo. Asi que no. No da.
Metió la mano en la cartera.
Para vos, me dijo.
Me tiró un disco y un chocolate arriba de las piernas.
Andá a tu casa. Pegate un baño, escuchá el disco y comete el chocolate. Vas a estar bien. No hagas cagadas. No lastimes a nadie. Nadie tiene la culpa. Nadie.
Y se fue. Siempre me hace lo mismo.
Tuve ganas de correrla. De agarrarla de los brazos y decirle "vení acá" pero me acordé de Amelia, de los ojos de Amelia, de los putos ojos de Amelia y de la forma en que en los últimos días no hizo más que preocuparse por mí.
Después de pensar en Amelia, pensé en tupadre: en lo mal que lo habrá pasado cada vez que se cruzó con una mina que le podía dar vuelta la cabeza. Pensé en todas las cosas que nunca le pregunté. En todo lo que nunca me había contado. En todo lo que yo nunca le conté. Y le admiré un poco ese poder de convencer a las minas para que no lo dejaran de garpe. Me podría haber pegado algo de eso en los genes.
Pasé un rato sentado ahí, solo, mirando el disco y el chocolate. Tenía las bolas llenas de que las minas supieran tanto más que yo. ¿Cómo era? ¿Yo me las buscaba así o me las había ganado en algún sorteo? Concha de mimadre.
Me volví caminando a casa. Me di una ducha. Escuché el disco.
El chocolate todavía está tirado al lado de la computadora.
El disco está bien. Es como la piba. O al menos, a mí me hace acordar a ella.
Amelia me llamó para saber cómo estaba. Le conté todo. Me preguntó qué quería hacer. Le dije que no sabía. Me pidió que pensara tranquilo lo que quería hacer y me cortó.
La llamé al rato.
No me dejes solo, le pedí. Por favor, Ame, no me dejes solo.
No te preocupes, me contestó. No te voy a dejar solo.
Algún día voy a tener que aprender a callarme la boca.



martes

Cuarenta y cuatro

No voy a decir ni una palabra del velorio. No voy a contar nada de la gente, ni del asco que me da el olor de las flores. No voy a decir ni una palabra.
Sí voy a decir que,durante semanas, tuve ganas de romper todo. Y que no pude hablar. Que no pude llorar. Y que aunque hubiese querido, no lo hubiese hecho. Sólo tuve ganas de esto: cagarme a trompadas, salir corriendo, emborracharme, escuchar música a todo lo que da hasta que me echasen del edificio, escupir a un punk, romper los vidrios de las ventanas.
Así, durante semanas. Y quise estar solo. Amelia entendió pero se quedó enojada. Taco se enojó pero no entendió nada. Mimadre volvió con Roberto. Mi hermano volvió a meterse en su líquido amniótico de porotos y todos están como si no hubiese pasado nada o como si todo ya hubiese pasado.
Menos yo.

Desde que dejé de querer romper todo y cagarme a piñas, me siento sin saber donde mirar. Porque antes, cuando tupadre se mandaba una cagada, yo sabía lo que no tenía que hacer. Hasta hace unas semanas, yo sabía que nunca tenía que pedirle plata a un hijo o saltar de mina en mina, o desaparecer durante meses. Si la cagada me la mandaba yo, bueno... era digno hijo de tupadre. Con un padre como tupadre, no se puede esperar mucho de mí. Pero... ¿y ahora?
Ahora es como cuando te mirás en el espejo y no te ves. Cuando no tenés a quién ver o como cuando no encontras en quién reflejarte. Porque... a quién me voy a parecer yo, ahora que tupadre no está? A mimadre? A mi hermano que se las sabe todas cuando la vida es de otro pero no puede solo con la suya? Y yo soy el raro, el freakie, el que no se sabe en qué está pensando, el que ve todo al revés, el que anda triste y solo y el que no se sabe explicar. Yo. El único hijo de veintitrés años de tupadre.

Cuando volví a ver a Amelia, después de que se le pasó el enojo que me chupó un huevo, me pareció que nada era como antes.
Que ni me daban tantas ganas de estar con ella, ni de tocar en una banda, ni nada. Y que con Taco, armando y quemando, la pasaba mejor. Sobre todo porque Taco no se la pasaba preguntándome qué sentía, si sentía, cómo sentía y la puta madre que lo reparió, cuántas preguntas hacen las minas. Como si estar ahí, con ella, no fuera suficiente.
Amelia, todo lo tiene que preguntar muchas veces.
Y me pide que le crea, que le crea que si hablo voy a estar mejor. Las pelotas. Nunca me siento mejor después de hablar. No arregla nada hablar. Tupadre no deja de estar muerto. Yo sigo sin saber para donde mirar.
Entonces, la última vez que nos vimos, la tercera vez que quiso saber como estaba, a mí se me llenaron las bolas y le contesté que estaba como el culo, que cómo iba a estar.
Pero no estoy como el culo. No sé cómo estoy.
Entonces, ella me pidió que le prometiera, que le jurara, que cualquier cosa un poco rara que se me pasara por la cabeza se la iba a contar. Pero yo nunca le pude prometer nada a nadie, antes. Ahora menos.
Siguió insistiendo con que tengo que hablar. "Tenés que hablar, Jerónimo. No te calles nada. Decí todo lo que quieras decir", me dijo.
Ya había dejado de mirarla y de repente sentí que me entraba como una cosa horrible y amarga que me salía por la boca. Entonces le dije una cosa cruel. Una cosa que yo sabía que le iba a doler.
Voy a llamar a Gaby. Necesito estar con alguien de mi edad que tenga ganas de cagarse de la risa, sin estar hablando todo el tiempo de lo mismo, le contesté.
Eso le dije la última vez. Y ella dijo "ah" y no dijo nada más.
Nos quedamos callados hasta que yo me levanté y me fui. No me acompañó hasta la parada del colectivo, como siempre. Sólo vino hasta la puerta y me miró con esos ojos que pone Amelia, esos ojos que ponen las minas cuando las lastimaste, cuando vos sabés que te la tendrías que haber cortado antes de abrir la boca y me dijo: "vos sabés que decidas lo que decidas, yo estoy acá."
Y me agarró la mano y me dio un beso en los dedos. Antes de que me fuera, había cerrado la puerta.
Me sentí una mierda. Porque no podés ser cruel con Amelia. Pero, a veces, me parece que yo tengo adentro un gen hijo de puta que me hace hacer estas cosas. Y me preocupa porque yo no quiero ser así.
No quiero ser cruel. Pero desde que tupadre no anda por acá, no sé quién soy. No sé cómo no voy a ser.