Es un poco inevitable.
A la larga, terminás conociendo alguna mina, aunque no la quieras conocer. Aunque no te interese conocer a nadie, aunque no sepas para qué la vas a conocer. Igual, alguna conocés y si estás con ganas, cogés un rato y después te olvidás. Si la mina jode mucho, le decís que tenés novia. Quedás como un hijo de puta pero no te llama más. Según Taco, no llaman más porque tengo mucho culo: siempre me tocan orgullosas.
La cosa es que coger con cualquier minita no mejora nada de lo que me pasa. Y yo lo sé. Y lo empecé a descubrir un lunes cuando ya estaba repodrido de pasar de canal en canal y no encontrar nada para ver, había escuchado todos los temas que me gustan y había terminado la primera entrega de Diseño 3.
Entonces, salí a caminar, de embolado, por no quedarme adentro de casa. Y caminé y andá a saber qué me dio, que me metí en una libería.
Mimadre dice que si uno pretende ser artista, no puede vivir de dibujitos y guitarrita -así lo dice, la turra, como si le hablara a un subnormal-, que cada tanto hay que leer un libro de palabras. Que los artistas brutos no llegan a ninguna parte y que al final, con esto de que no me recibo nunca, en el mejor de los casos, voy a terminar tocando la viola en el subte o en un grupo de esos de cumbia.
Siempre dice: ojalá, ya esté muerta cuando eso pase; no toleraría tanta educación tirada a la basura.
Pero no pensé en eso cuando entré a la librería, que era más parecida a un supermercado que a una librería. Pensé en lo que pienso cuando escucho algunas canciones: si tantas canciones hablan de lo que me pasa es porque las cosas no me pasan sólo a mí. Y si hay tantos libros escritos, alguno debe haber que diga algo parecido a lo que me está pasando. A lo mejor, si lo leo, si veo que otro escribió una cosa como la que me pasa a mí, me siento mejor, más acompañado.
Estuve un rato largo paseando por los pasillos, pero la verdad, nada más me puse a ver los libros esos de rock y alguno que otro de diseño, para afanar alguna idea, porque como decía Rosario "vos sos así, como visual". Hija de puta, visual yo, que no veo un carajo.
Bueno, la cosa es que tanto dar vueltas, el de vigilancia me miraba como si fuera un chorro. Así que me fui caminando tranquilo para el lado en donde estaban los libros de leer.
Me puse a mirar los libros de los estantes, de arriba hacia abajo y de repente, siento que me tocan el hombro. Una piba. Una piba cualquiera.
Me alcanzás ese libro que está allá, me señaló. Pero allá había ochenta libros, yo qué sabía cuál quería.
Mirá que no soy de acá, le dije.
Sí, ya sé, disculpame. Pero no llego hasta allá arriba. Me lo alcanzás, por favor.
Todo bien. Cuál es.
Ese turquesa que está al lado del verde. Tiene un titulo largo. Yo lo veo desde acá.
¿Turquesa?
Sí, turquesa oscuro.
Ah, azul.
No. Turquesa. Mirá: hay uno anaranjado, uno lila, uno amarillo, uno verde y dos turquesa.
Ah, esos azules, dije y lo bajé.
Se lo dí.
Gracias, me dijo. Qué suerte ser alto.
Sí, dije yo. Y se fue. Y yo agarré el otro libro azul que quedaba en el estante. El título parecía una canción de Calamaro.
Leí las primeras líneas. Eran cuentos. No pasaba nada en esos cuentos. Fui a buscar el índice y miré los títulos.
Me puse a leer el cuento que se llamaba como el libro. El tipo del cuento decía que uno no sabe nada del amor y que todo es pasajero. No sé bien por qué, pero me compré todos los libros de ese tipo y me los llevé a mi casa.
No voy a decir que los leí en una semana. Fui leyendo salteado, un cuento de acá y otro de allá. Y eran fáciles de leer y parecía que cualquiera podía escribir esos cuentos porque eran como hablados. Como hablados en España, ponele, pero como hablados. No te sentías leyendo un libro.
Creo que en tres semanas, los había leído todos.
Entonces, volví a la librería, un par de veces más. Me hice amigo de un pibe, el que te decía el precio de los libros y me empezó a recomendar qué libros leer.
Ahora leo mucho. No sé bien para que sirve leer porque no me siento más inteligente que antes pero la verdad es que mientras leo, el tiempo se pasa volando.
A veces, se me ocurre alguna canción. A veces, siento que lo que leí, me pegó una patada en el pecho. A veces, no entiendo nada de lo que quiso decir el tipo, pero no me importa.
Me volví a cruzar con la piba que no llega a los estantes altos y me sonrió. No es muy linda pero tiene onda. Le puse un nombre porque, a veces, cuando leo, me gustaría hablar con alguien y no quiero todo el tiempo hablarle a Amelia. Amelia no va a volver nunca más. Y no voy a joder más a Gaby hasta que deje ese novio que tiene.
Así que cuando estoy solo, leyendo, en mi casa, a veces, hablo con Ojitos. Porque así le puse de nombre.
Y cada vez voy más seguido a la librería. Me parece que el flaco que te atiende en los estantes de los libros de leer, ya se avivó de que voy cada vez más seguido para ver si la encuentro a Ojitos, porque van dos veces que me dice "esta semana no vino".
Pero no la quiero conocer, ni nada. Solamente quiero poder contarle a alguien que el tipo ese, el de los títulos que parecen canciones de Calamaro, me mata de pena.
Podría decírselo a Muv pero Muv ya leyó todos los libros del mundo y ninguno la sorprende. Le sorprendería, eso sí, verme leer.
A lo mejor, uno de estos días, me animo y voy a leerle un cuento.
Cuando hablo con Ojitos, hago de cuenta que le leo las partes que me gustan. Ojitos, la Ojitos que yo me inventé, sonríe mucho y habla poco. A veces, se me mete en los sueños.
Pero yo no quiero nada con Ojitos ni con nadie. Porque al final, las minas son todas para quilombo cuando andan con un chabón como yo.
Igual, Taco me presentó a otras dos, no sé de donde las sacó. Las minas tienen novios o chongos o algo. Cada tanto viene alguna casa, cogemos y se van. Y está bien eso pero tampoco me encanta.
Cuando se lo cuento a Taco dice que es porque ahora que soy intelectual, se me llenó la cabeza de boludeces. Que por qué no me gasto la guita en las minas, en lugar de tanto libro.
Justo ahora que estás solo y la guita te sobra, te pusiste a comprar libros. No, si vos pensás con el orto, Jero, me dice.
Si hubiese tenido más guita cuando estaba Amelia, le hubiese regalado cosas, no se lo digo pero lo pienso. Me hubiese dado cuenta de que cuando a uno le gusta una mina hay que regalarle cosas y hablarle. Hablarle mucho porque si vos no hablas, la mina no puede adivinar. Y si se pone a adivinar, mirá lo que pasa: se raja a la mierda y no la encontrás nunca más.
Pero Taco insiste en que me gaste la guita en las minas. Yo lo escucho y no digo nada. Porque a mí siempre me gustó enamorarme. Me siento más bueno y más lindo cuando me enamoro de una mina. Lo que por ahora no puedo saber es por qué me enamoré.
Por qué me enamoré de Amelia y no me di cuenta de que me había enamorado.
Cuando pienso en eso, me siento tan mal que me dan ganas de morirme.
Cuando me dan ganas de morirme, pongo Joy Division y me tiro en la cama.
A veces, lloro. A veces, quiero salir corriendo. A veces, no sé qué mierda hacer.
A veces, me siento vacío y ahí pienso que si yo fuera mina, jamás saldría con alguien como yo. Porque no me doy cuenta de nada. Y cuando me doy cuenta, es tarde.
Soy miope de cerebro.
A la larga, terminás conociendo alguna mina, aunque no la quieras conocer. Aunque no te interese conocer a nadie, aunque no sepas para qué la vas a conocer. Igual, alguna conocés y si estás con ganas, cogés un rato y después te olvidás. Si la mina jode mucho, le decís que tenés novia. Quedás como un hijo de puta pero no te llama más. Según Taco, no llaman más porque tengo mucho culo: siempre me tocan orgullosas.
La cosa es que coger con cualquier minita no mejora nada de lo que me pasa. Y yo lo sé. Y lo empecé a descubrir un lunes cuando ya estaba repodrido de pasar de canal en canal y no encontrar nada para ver, había escuchado todos los temas que me gustan y había terminado la primera entrega de Diseño 3.
Entonces, salí a caminar, de embolado, por no quedarme adentro de casa. Y caminé y andá a saber qué me dio, que me metí en una libería.
Mimadre dice que si uno pretende ser artista, no puede vivir de dibujitos y guitarrita -así lo dice, la turra, como si le hablara a un subnormal-, que cada tanto hay que leer un libro de palabras. Que los artistas brutos no llegan a ninguna parte y que al final, con esto de que no me recibo nunca, en el mejor de los casos, voy a terminar tocando la viola en el subte o en un grupo de esos de cumbia.
Siempre dice: ojalá, ya esté muerta cuando eso pase; no toleraría tanta educación tirada a la basura.
Pero no pensé en eso cuando entré a la librería, que era más parecida a un supermercado que a una librería. Pensé en lo que pienso cuando escucho algunas canciones: si tantas canciones hablan de lo que me pasa es porque las cosas no me pasan sólo a mí. Y si hay tantos libros escritos, alguno debe haber que diga algo parecido a lo que me está pasando. A lo mejor, si lo leo, si veo que otro escribió una cosa como la que me pasa a mí, me siento mejor, más acompañado.
Estuve un rato largo paseando por los pasillos, pero la verdad, nada más me puse a ver los libros esos de rock y alguno que otro de diseño, para afanar alguna idea, porque como decía Rosario "vos sos así, como visual". Hija de puta, visual yo, que no veo un carajo.
Bueno, la cosa es que tanto dar vueltas, el de vigilancia me miraba como si fuera un chorro. Así que me fui caminando tranquilo para el lado en donde estaban los libros de leer.
Me puse a mirar los libros de los estantes, de arriba hacia abajo y de repente, siento que me tocan el hombro. Una piba. Una piba cualquiera.
Me alcanzás ese libro que está allá, me señaló. Pero allá había ochenta libros, yo qué sabía cuál quería.
Mirá que no soy de acá, le dije.
Sí, ya sé, disculpame. Pero no llego hasta allá arriba. Me lo alcanzás, por favor.
Todo bien. Cuál es.
Ese turquesa que está al lado del verde. Tiene un titulo largo. Yo lo veo desde acá.
¿Turquesa?
Sí, turquesa oscuro.
Ah, azul.
No. Turquesa. Mirá: hay uno anaranjado, uno lila, uno amarillo, uno verde y dos turquesa.
Ah, esos azules, dije y lo bajé.
Se lo dí.
Gracias, me dijo. Qué suerte ser alto.
Sí, dije yo. Y se fue. Y yo agarré el otro libro azul que quedaba en el estante. El título parecía una canción de Calamaro.
Leí las primeras líneas. Eran cuentos. No pasaba nada en esos cuentos. Fui a buscar el índice y miré los títulos.
Me puse a leer el cuento que se llamaba como el libro. El tipo del cuento decía que uno no sabe nada del amor y que todo es pasajero. No sé bien por qué, pero me compré todos los libros de ese tipo y me los llevé a mi casa.
No voy a decir que los leí en una semana. Fui leyendo salteado, un cuento de acá y otro de allá. Y eran fáciles de leer y parecía que cualquiera podía escribir esos cuentos porque eran como hablados. Como hablados en España, ponele, pero como hablados. No te sentías leyendo un libro.
Creo que en tres semanas, los había leído todos.
Entonces, volví a la librería, un par de veces más. Me hice amigo de un pibe, el que te decía el precio de los libros y me empezó a recomendar qué libros leer.
Ahora leo mucho. No sé bien para que sirve leer porque no me siento más inteligente que antes pero la verdad es que mientras leo, el tiempo se pasa volando.
A veces, se me ocurre alguna canción. A veces, siento que lo que leí, me pegó una patada en el pecho. A veces, no entiendo nada de lo que quiso decir el tipo, pero no me importa.
Me volví a cruzar con la piba que no llega a los estantes altos y me sonrió. No es muy linda pero tiene onda. Le puse un nombre porque, a veces, cuando leo, me gustaría hablar con alguien y no quiero todo el tiempo hablarle a Amelia. Amelia no va a volver nunca más. Y no voy a joder más a Gaby hasta que deje ese novio que tiene.
Así que cuando estoy solo, leyendo, en mi casa, a veces, hablo con Ojitos. Porque así le puse de nombre.
Y cada vez voy más seguido a la librería. Me parece que el flaco que te atiende en los estantes de los libros de leer, ya se avivó de que voy cada vez más seguido para ver si la encuentro a Ojitos, porque van dos veces que me dice "esta semana no vino".
Pero no la quiero conocer, ni nada. Solamente quiero poder contarle a alguien que el tipo ese, el de los títulos que parecen canciones de Calamaro, me mata de pena.
Podría decírselo a Muv pero Muv ya leyó todos los libros del mundo y ninguno la sorprende. Le sorprendería, eso sí, verme leer.
A lo mejor, uno de estos días, me animo y voy a leerle un cuento.
Cuando hablo con Ojitos, hago de cuenta que le leo las partes que me gustan. Ojitos, la Ojitos que yo me inventé, sonríe mucho y habla poco. A veces, se me mete en los sueños.
Pero yo no quiero nada con Ojitos ni con nadie. Porque al final, las minas son todas para quilombo cuando andan con un chabón como yo.
Igual, Taco me presentó a otras dos, no sé de donde las sacó. Las minas tienen novios o chongos o algo. Cada tanto viene alguna casa, cogemos y se van. Y está bien eso pero tampoco me encanta.
Cuando se lo cuento a Taco dice que es porque ahora que soy intelectual, se me llenó la cabeza de boludeces. Que por qué no me gasto la guita en las minas, en lugar de tanto libro.
Justo ahora que estás solo y la guita te sobra, te pusiste a comprar libros. No, si vos pensás con el orto, Jero, me dice.
Si hubiese tenido más guita cuando estaba Amelia, le hubiese regalado cosas, no se lo digo pero lo pienso. Me hubiese dado cuenta de que cuando a uno le gusta una mina hay que regalarle cosas y hablarle. Hablarle mucho porque si vos no hablas, la mina no puede adivinar. Y si se pone a adivinar, mirá lo que pasa: se raja a la mierda y no la encontrás nunca más.
Pero Taco insiste en que me gaste la guita en las minas. Yo lo escucho y no digo nada. Porque a mí siempre me gustó enamorarme. Me siento más bueno y más lindo cuando me enamoro de una mina. Lo que por ahora no puedo saber es por qué me enamoré.
Por qué me enamoré de Amelia y no me di cuenta de que me había enamorado.
Cuando pienso en eso, me siento tan mal que me dan ganas de morirme.
Cuando me dan ganas de morirme, pongo Joy Division y me tiro en la cama.
A veces, lloro. A veces, quiero salir corriendo. A veces, no sé qué mierda hacer.
A veces, me siento vacío y ahí pienso que si yo fuera mina, jamás saldría con alguien como yo. Porque no me doy cuenta de nada. Y cuando me doy cuenta, es tarde.
Soy miope de cerebro.

