miércoles

Sesenta y siete

Muv suele decir que boludo se nace. Ella dice "boluda" y lo dice remarcando las consonantes con fuerza. En general, lo dice cuando mi hermano se mandó alguna cagada y ella lo quiere hacer quedar como un forro delante de todo el mundo.
Hasta hace poco, la frase me causaba más risa que otra cosa, porque pensar que boludo se nace, siempre hace referencia a cosas más o menos disculpables (fá, calate esa. Desde que leo puedo decir esas palabras. Me di cuenta que antes de leer, mi vocabulario se reducía a 17 palabras entre las que se repetía boludo, unas 18 veces)
Decía que la frase me causaba gracia. Hasta el jueves.
El jueves me crucé a Amelia. Ni yo sé cómo la reconocí. Se había cortado el pelo y lo tenía de otro color. Además, me pareció que estaba más gorda. En realidad, no la reconocí a primera vista. Hubo algo: un olor, una sensación, un color que me hizo recordarla. Y sin pensarlo mucho, me saqué los auriculares y me fui detrás de ella, tomando coraje para preguntarle si era ella, de verdad.
No hizo falta que abriera la boca.
Hola, Jerónimo, me dijo y me sonrió y, a pesar de todas las diferencias y de mis dudas, ahí estaba. Ahí estaba Amelia.
Qué hacés, le dije. Qué hiciste.
Ella siguió sonriendo. Me preguntó si tenía tiempo y yo me hice el ocupado. No sabía bien si salir corriendo, si empezar a las patadas con todo, si sentarla en un bar todo el día a que me contara por qué se había esfumado, si abrazarla y pedirle que se quedara conmigo para siempre, que no se fuera nunca más, no sé. Pedirle disculpas, pedirle explicaciones, pedirle algo. No sabía.
Cómo estás, me preguntó. Cómo te va todo. Te pusiste de novio con Gaby.
A mi se me hizo un nudo en la lengua. Tenía tantas cosas para decir y no me salía ninguna. Estaba tan enojado.
Yo estoy bien, me dijo. Dejé de cantar. Voy a tener un bebé, me dijo y se tocó la panza que a mi me había parecido una panza de gorda.
De quién es el bebé, pregunté, pero sabía. Yo sabía que era del forro cortedepelooasis. Lo supe antes de que me lo dijera.
Entonces me contó que mientras salíamos, un día, ella se sintió profundamente triste a pesar de que estaba todo bien conmigo. Que le agarraba una pena tan grande, por ella, por mí, por todo, que empezó a pensar que lo que teníamos, se tenía que terminar.
Pero yo te quería, le dije. Y yo te quería bien, con pilas. Si me hubieras dicho, a lo mejor hubiese podido hacer algo.
No había nada que hacer. Lo que se siente, se siente y yo no me iba a quedar con vos por la pena que me hubiese dado romperte el corazón. Acá nos ves. Estamos los dos vivos, seguimos viviendo. Estas cosas pasan y uno se las guarda un rato y después se las olvida.
¿Ese bebé no es mío, no?
No. Este bebé es mío.
Y el papá quién es.
Blas
Nadie se llama Blas.
Bueno, me dijo ella.
Y como yo sabía perfectamente que Blas era el de cortedepelooasis y que era el mismo por el que ella seguía llorando cuando estaba conmigo, me sentí un boludo. Un boludo de nacimiento. Pero no boludo porque sí sino un boludo que se había pasado un año o un poco más extrañando a una mina que a la vuelta de la esquina se había olvidado de mí y no sólo se había ido con otro, también había quedado con el bombo de ese otro y, seguramente. -porque mientras pensaba eso no había caído en la cuenta- vivía una vida muy feliz con ese pelotudo viejo con corte de pelo de niño mientras yo sufría como un condenado y no sabía qué carajo hacer de mi vida.
Cuándo te olvidaste de mi, le pregunté. ¿Cuándo fue el día que te diste cuenta que para vos yo ya no existía?
Nadie tiene días para esas cosas, me dijo. Qué podía hacer yo, Jerónimo. ¿Pedirte que fuéramos amigos, que te volvieras parte de la familia? Vamos, eso sería ser cruel, más cruel de lo que ya fui. Yo no me olvidé de vos; simplemente supe, un día, una mañana cualquiera, que yo no te podía esperar y no te podía apurar. Y al principio, no fue fácil. No había nada planeado. Yo no tenía nada planeado. Sólo me fui. Me fui y te dejé sin avisar sabiendo que te ibas a recuperar, tarde o temprano. Para qué te iba a avisar. Para qué te iba a explicar. Los sentimientos no tienen explicación. No sirve reflexionar al respecto. Son acciones. Hechos. Cosas. Cosas que se tocan, que tienen peso. No sirve pensar. No sirve explicar nada. ¿Cuánto podrías haber cambiado? ¿Cuántas cosas podrías haber hecho? ¿Y yo? ¿Qué tenía que hacer yo? ¿Tenía que conformarme? ¿Tenía que quedarme con vos para no hacerte sufrir, pero sufrir yo por no ser todo lo feliz o triste que quisiera en el momento que quisiera?
Me quedé callado. Puta egoísta. Decidió por ella y por mí, lo que mejor le venía a ella. Me quedé callado y se me empañaban los anteojos, yo creo que de bronca.
¿Tu vida no es mejor ahora, Jerónimo?
Mi vida es la misma mierda de siempre, sólo que ya no me atormeto con eso.
Mal hecho. Tendrías que procurarte la mejor vida que puedas tener. No vas a vivir mil años y cuanto antes te consigas esa vida, más tiempo la vas a poder disfrutar.
Sí, pará, dije. Ahí voy. Qué tal, loco. ¿Me das una vida que me haga feliz? Poneme dos kilos, copate.
Ni yo supe para qué me hacía el listo. Si yo quería llorar como un nene. Decirle que todo lo que ella necesitaba, se lo hubiese dado. Que por qué no me había dicho las cosas, que por qué no me había contado exactamente lo que quería. Que yo podía pero no soy adivino. Que no sirvo para adivinar. Que tengo 25 y que la vida me harta con sus complicaciones. Que por qué las cosas que son simples se complican de semejante manera. Tantas cosas le hubiese dicho y sólo dije que me tenía que ir.
No sé qué más decirte, me dijo ella. Me gustaría pedirte que me llames pero no creo que aceptes. ¿Podré llamarte yo? Sin compromiso, si no tenés ganas no me atendés, todo bien. Sólo necesito que me digas si puedo.
Podés. No. No sé. ¿Para qué me querés llamar? ¿Para desaparecer dos meses después y dejarme como un boludo? Llamame. No. No sé. Hacé lo que quieras. Como hasta ahora.
Jerónimo...
La miré. La miré de arriba a abajo. Qué mierda pasaba en el mundo que ahora todos se convertían en padres. Qué mierda pasaba a mi alrededor que todo era panzas y bebés y recién nacidos y niños y madres y mujeres que dejaban de ser mujeres para ser madres. Por qué todo tenía forma de madre a mi alrededor. Por qué me tenía que encontrar con Amelia justo ahora que me empezaba a olvidar.
Yo tomé mi decisión, me dijo. Yo quería esto y no te podía meter a vos porque vos tenés mucho para caminar todavía. Estoy sola, si te sirve saber.
Sí, claro.
Estoy sola. La panza y yo. No hay nadie más.
Y el padre.
Qué padre.
El mío no va a ser, le dije y mientras lo decía, entendí.
El padre está donde estuvo siempre y donde siempre va a estar.
Boluda se nace, Amelia. Es lo único que te puedo decir.
Nunca me sentí menos boluda que ahora, me dijo y se puso a llorar.
Así estuvimos los dos, un rato.
Dos boludos de nacimiento, uno al lado del otro, una llorando y el otro sin saber qué decir, hasta que se hizo de noche y sin hablar, nos fuimos a mi casa.


jueves

Sesenta y seis

Yo odiaba a Fernando Colombres con toda mi alma. Lo odié toda la primaria y parte de la secundaria. Lo odiaba con odio profundo, con ganas de matarlo. Soñaba, a veces, que lo encontraba distraído y lo cagaba a trompadas. Le hacía sangrar la cara, lo pateaba, lo lastimaba mucho.
Siempre que soñaba con Fernando Colombres, mi sueño se llenaba de sangre y sorpresivamente, me despertaba mucho mejor que como me había acostado.
Fernando Colombres era el típico patotero del grado. El que le decía gorda a la chica gorda, negra a la morocha, puto al amanerado y ciego, cuatroojos, chicato, estúpido, pelotudo e insultos similares a mí: el único pibe del colegio que usó anteojos desde jardín de infantes.
Fernando Colombres rompió mis lentes, al menos, una vez por año. Los pisó, los escondió, los tiró por la ventana del aula a la calle cuando pasaba un colectivo, los metió en el inodoro, los colgó del aro de basquet en el patio de deportes. Fernando Colombres era el perfecto imbécil que, cuando yo me quedaba sin anteojos, me empujaba, me pegaba, se arrodillaba detrás mío mientras alguno de sus secuaces me empujaba hacia atrás, en fin... uno de esos que uno supone que no va a llegar a los 25 sin estar en la cárcel o muerto en algún tiroteo.
Mientras Fernando Colombres me tenía de pelotudo, yo lloraba. Lloré hasta los diez años, más o menos, cuando, sin pensarlo y sin saber cómo, le pegué un cabezazo en la cara y le hice saltar dos dientes. Después de eso, me sentí mal pero durante unos meses, pude vivir tranquilo. Aunque fueron sólo unos meses, porque, como digo, Fernando Colombres fue, durante casi toda mi experiencia escolar, un flagelo que nada ni nadie podía frenar. Nunca supe por qué yo le caía tan mal. Nunca me pude explicar qué era lo que yo le había hecho para que me tuviera de punto.
A Fernando Colombres no le importaba nada: si lo cagaban a palos, parecía que no le dolía. Si lo amonestaban, no le molestaba. Si amenazaban con echarlo del colegio, se reía a carcajadas. Yo no podía entender por qué mis anteojos y yo éramos tan importantes para él.
Al empezar tercer año, cuando todos habíamos empezado a tenerle miedo a su porte de percheron rabioso, nos comunicaron que Fernando Colombres se había mudado con su familia al interior de Buenos Aires y que se había cambiado de colegio. Fue una semana gloriosa. Saber que nadie iba a tener que soportar sus forradas era tan tranquilizador que hasta uno se olvidaba de cuánto lo odiaba.
Durante unos meses, fui contento al colegio sólo por el hecho de saber que no había forma de que volviera a cruzarme con Fernando Colombres durante el resto de mi vida pero tenía el gusto amargo de no haber podido nunca, en tanto tiempo, pegarle la paliza que soñaba por lo menos una vez por semana.
Hace una semana, me crucé con Fernando Colombres cuando caminaba por el centro. Me reconoció él a mí pero yo supe que era él porque cuando pasó por al lado mío me dijo "todavía usas esos anteojos de pelotudo".
No fue la voz lo que me hizo reconocerlo. No fue lo que vi, porque Fernando Colombres había envejecido el doble que yo, se había quedado pelado, estaba gordo al punto de tener tetas como una mujer y mientras yo no había hecho más que desarrollarme a lo largo, él se había quedado ahí, rondando el metro sesenta, centímetro más, centímetro menos.
Entonces, qué fue lo que reconocí. Reconocí la forma de mierda en que dijo esa frase. Era exactamente la misma forma de mierda que ya usaba cuando estábamos en el colegio.
Mentiría si dijese que no pensé en cagarlo a trompadas en plena calle. Mentiría si dijese que no me dieron ganas de reírme de sus tetas y su calvicie, de su pésima manera de vestir y de su gordura y de su transpiración. Tuve ganas. Muchas ganas. Las mismas ganas que tenía cuando soñaba que lo cagaba a trompadas y lo dejaba tirado, sangrando, medio muerto. Pero no hice nada de eso. Solamente metí la mano en el bolsillo, lo miré y le dije: "No tengo monedas, viejo."
Y seguí caminando.
Fernando Colombres me dio un poco de pena.
Sólo un poco.

martes

Sesenta y cinco

A veces te esforzás por hacer todo bien.
Yo me pasé un año entero tratando de hacer todo bien. Todo lo bien que puedo, claro. Me puse las pilas con la facultad, me mudé solo, dejé en paz a mimadre, me amigué con tupadre, entendí a Taco -a duras penas, pero lo entendí-, me enamoré de Amelia, me olvidé de Amelia, me enamoré de Gaby -bah, sigo con lo de Gaby y no va ni para atrás ni para adelante, no sé bien por qué-, me peleé con Gaspar, vi más seguido a mis sobrinos, intenté cuidarme, cuidar a todos y sin embargo, sigo sintiendo que hago todo mal. O que todo me sale mal, no importa lo que intente.
Y me vuelve esa sensación que tenía hace un año, cuando me sentía el pendejo más solo de todo este mundo y me vuelve la angustia y las ganas de encontrar una pócima, un hechizo, un gualicho, una religión, no sé, algo, algo que me haga sentir mejor.
Pero y por qué me siento así. Todos los días me lo pregunto. Por qué esta costumbre de ver todo negro y sin solución, si yo tengo una buena vida y no sufro como sufren, no sé, los que están enfermos o presos o qué sé yo. Por qué, cuando me voy a acostar, después de laburar todo el día haciendo dibujitos, siento que no estoy haciendo nada de la vida, que la vida es otra cosa, que hay que hacer otra cosa para vivir.
Cumplí veinticuatro años. El 20 de diciembre cumplí veinticuatro años. Todos me vinieron a saludar y me hicieron sentir querido. Me llenaron de regalos y de abrazos, casi hasta sentirme asfixiado. Trajeron comida rica, lavaron los platos. Pero cuando apagué la luz de la cocina y me saqué las zapatillas sentado al borde de la cama, sentí un agujero en el estómago. Como si me faltara un pedazo, como si no hubiese nada para llenar ese agujero: ni comida, ni abrazos, ni regalos. Y extrañé a mi abuelo y la llamada que nunca hacía tupadre. Y extrañé un poco a Rosario y su molesta manera de decirme que me extrañaba, llena de reclamos y puteadas. Extrañé emborracharme con Taco y la resaca del día siguiente porque ya no hay borrachera que me ayude con el agujero, cuando aparece. No hay porro que me ayude a que el agujero desaparezca.
A lo mejor, es hora de tomarme vacaciones. A lo mejor, tendría que volver a vivir con mimadre, quizás la extraño. A lo mejor, tendría que acostumbrarme a vivir con esta sensación de mierda, porque, capaz, le pasa a todo el mundo y yo me siento "tan" especial, al pedo.
Capaz, cuando te ponés a comparar tu vida con la de los demás, la de los otros es tan atractiva y te sentís un boludo porque la tuya es una vida chiquita, mediocre, una basura, te das cuenta de que en realidad a todo el mundo le pasa lo mismo.
"La gente no le cuenta lo que le pasa a medio planeta", dice mimadre y a lo mejor, tiene razón.
A nadie le gusta que lo vean caído, vencido, sufriendo. A la gente le gusta la gente copada. Los copados no sienten agujeros. No tienen. Y si los tienen, los esconden bien. Tan bien, que hasta ellos los olvidan.
Y entonces, ves gente de tu edad o más o menos, que vive cagándose de risa, que se divierte, que dice que "todo bien" y está todo bien, nada le preocupa o le molesta y vos ahí, como un pelotudo, haciéndote problema porque te viene el agujero, cuando te vas a dormir.
Lo único que sé es que yo nunca quise ser de esta puta manera. Yo quería, siempre quise, ser un copado de esos que se cagan de risa. Un copado todo bien.
Un copado que, cuando se va a dormir, no necesita que le acaricien la cabeza para sentirse mejor. Pero bueno, yo no soy un copado.
Soy así.
Necesito un abrazo, cada tanto.
Necesito dejar de dormir solo pero no para dormir con alguien más sino para dormir acompañado y sentir que el corazón late porque tiene ganas y no porque es lo que tiene que hacer.
Me cago en mí.


viernes

Sesenta y cuatro

Navidad. 2008.
Navidad en casa de mi hermano, con mimadre. Una cosa que mientras tupadre estuvo vivo nunca pasó. Nunca había pasado que yo pasara dos navidades seguidas con mi hermano y nunca había pasado que mimadre, que no festeja navidad desde que tengo memoria, fuera a la casa de mi hermano a pasar la nochebuena conmigo. Cuando mi hermano me comentó que la invitaría, tuve un poco de miedo. Sobre todo, tuve miedo de que no pudiera controlarse con la botella. Pero todo durante la noche me fue sorprendiendo. No sólo mimadre no tomó una gota de alcohol, si no que además, no se separó de los porotos. A mimadre le gustan los bebés, parece. Yo no lo sabía.
Los porotos están grandes, y no sé si ya lo dije, sienten cierta fascinación por mis anteojos. Si me los acerco mucho a la cara, si les doy un beso, con esas manitos chiquitas pero pesada que tienen, me arrancan los anteojos de la cara y así como me los arrancaron, se los llevan directamente a la boca. Un asco. Yo los quiero mucho pero los anteojos llenos de baba son la cosa más asquerosa que existe.
No importa. Eso fue Navidad. La casa de mi hermano, los porotos, mimadre sobria. Después de las doce y más bien cerca de las dos, llegó Taco con la novia embarazada. Y así estábamos todos en la mesa: mi hermano, Muv, los porotos semidespiertos, yo, los padres de Muv, la hermana de Muv, mi amigo Taco y su novia con panza. No sé por qué me di cuenta en ese momento. Un año atrás yo me veía tan solo y ahora, éramos una banda sentados a la mesa.
El año pasado para esta fecha, lo único que tenía era un traje que me había regalado tupadre, una novia que me tenía podrido, un amigo para emborracharme, un hermano que no me quería muy cerca pero hacía lo que podía, una madre borracha. ¿Cómo pudo cambiar todo en sólo un año?
¿Cómo había logrado formar esa familia, medio prestada, medio mía? ¿Cómo había podido pasar, antes, tantas navidades frente a la computadora, sin más compañía que la de Taco? ¿Qué había hecho? ¿Qué había cambiado?
Creo que nunca tuve menos ganas de llorar que la noche de navidad. Creo que nunca extrañé tanto a tupadre como en la nochebuena. Creo que nunca quise tener a Gaby tan cerca como a las doce de la noche. A veces tenés que perder a alguien para recuperar a muchos otros.
Me regalaron unas remeras, un pantalón, una bermuda. Un par de zapatillas, una foto de los porotos arrebatándome los anteojos y una corbata.
Para qué quiero una corbata, pregunté mientras la miraba.
Para que completes el traje que te regalaron el año pasado, dijo mimadre.
Feliz Navidad, mamá, sólo pude decir. Para qué iba a decir algo más.
Taco estaba contento. La chica es una linda chica, pura panza y puro ojo. Parece una buena chica. Es una chica chica.
A veces, te das cuenta de que no necesitás mucho para ser feliz. A veces, te das cuenta de que sólo necesitás un colchón de gente que te amortigüe los golpes y nada más.
Los que estábamos esa noche en la casa de mi hermano, no somos santos. No nos llevamos siempre bien, ni siquiera nos conocemos a la perfección. Y sin embargo, estuvimos ahí, como si hubiésemos hecho las paces, unos con otros, después de tantos años.
Este año, en la casa de mi hermano, no hubo música ni baile, ni mucha gente sumándose al festejo navideño. Este año, todo tenía música para bebés y todo se hacía suave y casi en silencio para no sobresaltar a los bebés. Este año, se habló mucho, se gritó poco y toda la cena se movió al ritmo de mamaderas y cambios de pañales.
A veces, te ponés a pensar en qué perdiste tanto tiempo. A veces, empezás a darte cuenta de que el momento para hacer las cosas es ahora.
Ahora.
Y no hay tiempo que perder.

miércoles

Sesenta y tres

Hablábamos con Taco hace unos días. Contrario a su pronóstico, desde que va a ser padre, Taco habla conmigo más que antes. No sé si es porque está asustado o qué, pero ahora, después de más de veinte años de amistad, se puso verborrágico como nunca. Taco habla todo el tiempo y habla mucho en pasado. Como si se le hubiese terminado la vida o algo, pero eso no es lo que importa.
Taco habla mucho sobre la amistad y los amigos. Y cada tanto, cuando puede, se acuerda de Gaspar y lo putea. Lo putea tanto que me da risa. Pero lo putea bien, con razones. Algunas veces, hasta me dan ganas de putearlo a mí también.

Y yo te dije, pelotudo, que ese chabón no me gustaba. Y te decía: "cortala con el putito ese", y vos, nada. Como si escucharas llover. Qué forro.
Bueno, Taco, yo qué iba a saber.
Cómo qué ibas a saber, si el tipo se moría por poner la pija donde la ponías vos.
Ni ahí. Esas cosas no pasan entre chabones. Esas son cosas de minas: donde pone la mano una, va la otra y la quiere poner, nada más que para cagarla. Son así de boludas.
Nah. Esas no son cosas de minas. Son cosas de gente hija de puta. Y yo te dije mil veces que te abras de los hijos de puta, porque esos no quieren a nadie. Ni a ellos mismos. Pero hasta que no te das la cabeza contra la pared, no parás.
No es así. Yo te escucho, boludo. Pero no parecía que Gaspar se quisiera coger a Gaby. No parecía. Parecía que le caía bien y nada más. Que se había hecho amigo de ella, porque era amigo mío.
Já! Sos un pelotudo, no te digo. El forro ese, se la pasaba preguntándote cómo iban las cosas; si avanzaban o no; si ya habían cogido; si qué qué iban a hacer. Y vos le contestabas, porque sos un pelotudo, con sinceridad, sin saber que andaba llevando agua para su molino. No, si cuando sos idiota, sos idiota del todo, Jero.
No soy idiota. Soy bien pensado. No me ando defendiendo de buenas a primera, porque sí.
Claro, vos tenés que esperar a que te claven el cuchillo. Por suerte, parece que ahora estás más vivo.
Yo más vivo? Por qué?
Y porque te abris antes de los hijos de puta. Como la boluda esa que conociste en ese bar. Ni me acuerdo como se llamaba.
Se llamaba... Clara. Sí, Clara, creo.
Esa turra. Clara la oscura. Con esa también te ibas a meter en un quilombo. Aprendé a rajar de esa mierda de gente, Jerónimo. No pueden vivir si no joden. Entendelo. Ya sos grande. Hay mucha gente de mierda en este mundo. Convencete.
Pero no la vi más a esa Clara.
Sí, no sé cómo hiciste. Se ve que era tan hija de puta que era evidente.
No, no sé si era hija de puta. Tenía una cosa desagradable. Desagradable a la vista, al oido, yo qué sé. Pero ya fue. Nunca más.
Mejo, me dice Taco. Mejor que nunca más. Yo no sé qué tenés, vos, que siempre se te pega esa mierda de gente. Te deben ver la cara de pelotudo.
Gracias,Taco. Por suerte, mi mejor amigo me quiere asi, pelotudo y todo.
Y más bien. Pero por algo soy tu mejor amigo, porque no soy gente de mierda. Y vos tenés que dejar de rodearte de esa gente.
Bué, cortala, Taco. Ya me lo dijiste. Ahora voy y me encierro en una cueva, querés? Dale, hago eso.
Y capaz es mejor. Encerrate. Yo te voy a ir a visitar. Yo, aunque no pueda, siempre voy a ser tu mejor amigo. Y de eso no te vas a poder olvidar.

A veces, Taco tiene razón. Yo soy medio pelotudo, sobre todo con la gente que me rodea. No sé por qué, creo que la primera intención es la buena. Después me cagan. Pero y qué. Qué se puede hacer? Vas a andar con un revólver para que no te caguen? Te vas a aislar de todo el mundo por miedo?
Nah, tenés que estar ahí. Ponerle el cuerpo a las cosas. Te pueden cagar mil veces. Pero a la vez mil una, te vas a dar cuenta.
Es sólo gente. Gente que, a lo mejor, está pidiendo a los gritos que alguien los quiera o los vea o por lo menos, les preste atención durante una hora y media.
Yo soy un poco más que eso, por suerte.
Soy mejor que eso.
Si alguien no lo sabe ver y bueno...
Aunque aprendí a defenderme, le digo a Taco. Aún cuando no quise, aprendí a defenderme.



jueves

Sesenta y dos

Y un día llegó el cumpleaños de Gaby y, obvio, me invitó aunque hacía meses que no me veía. Me llegó un mail colectivo, con la invitación y me dio por las pelotas pero fui igual.
Era en un boliche, muy onda ella, muy rockerito, muy top, muy así como a ella le gusta mostrarse cuando no quiere ser muy ella.
No me acuerdo cuánto hacía que no esperaba cagado de frío en una fila para entrar a un boliche. No me acuerdo cuándo fue la última vez que fui a un boliche tan así, como ese boliche.
Me pusieron una pulserita para entrar y por diez minutos, me cobraron los veinte mangos de la entrada. No me importó. Ya no salgo sólo con veinte mangos en el bolsillo y, la verdad, ahora no sé cómo hacía antes para tomar, joder y volverme a mi casa con un solo billete.
Bueno, la cosa es que entré y había mucha gente y no sabía dónde tenía que ir, asi que hice lo que haría cualquiera en mi lugar: fui a la barra, mostré mi pulsera y me dijeron que con eso tenía que ir al piso de arriba. O algo así entendí yo, porque no se escucha una mierda en los boliches y uno se la pasa adivinando lo que le dice el de la barra, la mina que está encarando, el tipo medio borracho que te llevó por delante, todos. Llega un momento en el que ir a un boliche te parece una mierda y no sabés cómo antes te parecía lo mejor de mundo.
Subí la escalera esquivando unas pibas que estaban sentadas como si estuviesen en la plaza. Haciendo equilibrio llegué a la barra de arriba y ahí me dieron una cerveza que estaba caliente, pero ya me chupaba todo un huevo porque no veía a Gaby, ni a nadie que conociera.
Me acerqué a la baranda y miré hacia abajo. No reconocí a nadie, pero tampoco se veía tanto. Le quise mandar un mensaje a Gaby pero no tenía señal. Bajé a las puteadas después de terminar la cerveza.
Caminé un rato dando vueltas alrededor de la pista y seguí sin encontrar a nadie. El malhumor ya me tenía totalmente tomado: me cagué de frío en la puerta, me vacunaron veinte mangos, la cerveza estaba caliente y la boluda de Gaby no había festejado el cumpleaños en el boliche al que me había obligado a ir. Fantástico. Estas cosas sólo le pasan a un pelotudo con honores como yo.
Esperé a que se desocupara un sillón que había a un costado y me tiré ahí, al lado de unas minas que cuando se dieron cuenta de que me había sentado, se fueron como si les hubiese dado asco. Boludas. Las minas de los boliches son todas boludas, o mejor, se emboludecen cuando entran.
En fin, que me quedé ahí, esperando que pasaran las horas y cuando ya me estaba quedando dormido del embole, apareció Gaby saltando y gritando, un poco borracha o muy alegre, andá a saber.
Y me saltó alrededor y me abrazó y se rió con toda esa boca que tiene ella y me tiró del brazo hasta que me levanté y me llevó con sus amigos.
Y bailó conmigo y me hizo bailar. Cantó y gritó y dio vueltas y se rió a carcajadas porque ella es así. Y yo pensé que sólo por ese rato estaba bien haber ido al boliche. Porque a veces tenés que ir a un lugar en donde no se oye una verga, donde no se ve un carajo, donde te sentís perdido y solo para saber lo que querés. O más o menos.
Y yo ahí me di cuenta lo que quería. O de lo que había querido siempre.
O a quién.
Sí, a quién. Eso, mejor.
Y me di cuenta de que nunca se termina nada.
Está todo ahí, esperando para romperte la cabeza o el corazón.
Y no me parece tan mal, eh.
No, no me parece mal.


sábado

Sesenta y uno

Un jueves vino Taco desesperado a casa.
Boludo, salgamos.
No jodas, es jueves.
Y qué tiene? Salgamos, dale. Vamos por ahí, nos tomamos unas birras. Dale, Jero. Necesito salir un poco.
Ya dije que Taco no es el mismo Taco de siempre desde que va a ser padre. Al principio, cuando me enteré la noticia, lo veía triste, caído. Ahora, lo veo desesperado. Como si lo estuvieran persiguiendo, el tipo quiere quemar todos los cartuchos antes de mayo, que parece que es cuando va a nacer el pibe.
No, Taco. Mañana tengo que ir a la facultad y tengo bocha de laburo atrasado.
Pero dale, forro. Vivis para laburar. Dejá de encanutar y gastá en algo. Salgamos. Por favor, Jero, salgamos.
No me copa que me rueguen. No me gusta tener que dar ciento veinte explicaciones de por qué digo que no, cuando digo no. Pero lo vi tan mal a Taco que, al final, terminé aceptando.
Entramos a un bar de mierda, cerca de casa. Un bar de viejos, en donde no hay música, ni minas, ni un carajo. Un bar de esos para hablar.
Y qué pasó con esa Clara que habías conocido.
Nada, qué va a pasar. Es mala, la mina. No me gusta cómo es. No sé. No la llamé. Ella tampoco me llamó.
¿Por qué decís que es mala?
Porque, no sé, tiene una cosa chota. De resentida, capaz. No sé. No me va ni un poco y no la quiero cerca.
Mal no te vendría tener alguna mina cerca.
Claro, dije porque soy un forro, así la dejo con el bombo, no?
Me arrepentí mientras lo decía pero ya lo había dicho. El tema de la minita de Taco me tenía bastante enojado, porque, ponele, la piba, todo bien. No sabía qué carajo hacía. Taco, sí. Y Taco no estaba en condiciones ni de cuidar un perro, mirá si va a cuidar un pibe.
Después, claro, el pibe nace y se queda rebotando en el mundo, como yo. Toda la vida.
Bueno, me dijo Taco, vos sos más vivo que yo. No te va a pasar. A vos, las minas se te rajan.
Hijo de puta. Me pegó donde más me duele con ese comentario pero se lo dejé pasar porque yo había empezado y, a esta altura, no me voy a estar peleando con el único amigo que tengo.
Igual, me siguió diciendo, a mí me gustaría que tuvieses más amigos. Porque ponele que yo me mudo, vos qué vas a hacer. Te la vas a pasar yendo a lo de tu vieja y a lo de tu hermano y nada más. Ni siquiera la llamas a Gaby, que es macanuda. Me dijo el Rengo que se peleó con el que salía y que anda sola. Por qué no la llamas?
Qué mierda te pasa, Taco. Parecés mi vieja.
Nada. Pidamos otro vino.
Lo que dije: Taco no es el de siempre. Cuando terminamos la segunda botella de vino, estaba completamente en pedo. Pero con el pedo nostálgico.
¿Te acordás cuando le desarmamos el triciclo íntegro a Marina y como no sabíamos cómo volver a armarlo, se lo devolvimos en una bolsa de consorcio? Pobrecita, cómo lloró.
Sí, me acuerdo. Dos boludos grandes haciendo llorar a una nena. Qué forros.
Sí. ¿Te acordás de cuando actuamos de granaderos y en pleno acto, a mí se me rompió el pantalón?
Me reí. Me acordaba perfecto del calzón celeste de Taco asomándose por el agujero de la costura del pantalón, mientras cubría al que hacía de Cabral con una bandera argentina. El salón de actos explotó en carcajadas y él, que siempre fue de poner buena cara, se hizo el payaso: se tapó el culo con las dos manos y dijo "uh". Después, se bajó corriendo del escenario. Teníamos ocho años. Parece increíble que haya pasado tanto tiempo.
¿Te acordás de la mina esa, la que jugaba al hockey y pasaba todos los jueves por la puerta de mi casa? Cómo nos gustaba esa piba. No la vimos nunca más. Nunca nos peleamos por esa mina.
No, nunca.
Parece que tuvieramos ochenta años, dijo.
Eh.
Y sí. Te ponés a pensar para atrás y...
A recordar, le dije.
Bueno, a recordar, es lo mismo. Te ponés a recordar -putito exquisito de las palabras- y te das cuenta que pasó un montón de vida.
Pero lo bueno está por llegar, dije yo, que borracho soy más pelotudo que sobrio.
Sí, para vos, lo bueno está por llegar. Yo me voy a ocupar de que te llegue. Uno de los dos tiene que hacer las cosas bien.
Me preocupé. Me preocupé en serio.
Qué pasa, boludo. Me estás asustando.
¿Tomamos otra? Tomamos otra, dijo Taco y gritó "otra".
Vino el mozo con cara de orto. Nos abrió la botella en la mesa y la apoyó con fuerza. Supongo que pensó que no teníamos guita para pagarle y mucho no se equivocaba. Taco no tenía un mango. Pero yo, sí.
Yo quiero que te hagas amigos nuevos. Amigos parecidos a vos, me dijo Taco.
Así, boludos, decís.
No, pedazo de pelotudo. Como vos: que vayan a la facultad, que toquen en una banda, que lean. Esos son los amigos que te tenes que buscar.
Pf.
Sí, forro. Tenés que hacerte un grupo de amigos que tengan cosas parecidas a vos.
Vos tenés cosas parecidas a mí, Taco. Qué decís.
No, no tengo. Yo tuve cosas parecidas a vos, cuando éramos chicos. Ahora, ya no. Y cada día, voy a tener menos.
Me quedé callado. Me tomé el vaso de vino de un trago.
Bueno, carajo, decime que pasa.
Y, otra vez, lo dijo de una, sin darme tiempo ni prepararme.
Me voy a casar.
Eh?
Me voy a casar con Lorena.
Quién mierda es Lorena.
Lorena es la madre de mi hijo. Y me voy a casar.
Por qué.
Porque quiero que mi hijo tenga una familia normal.
Me quedé callado. Una familia normal. La concha de la lora. Todo el mundo quiere formar una familia normal y no se dan cuenta de que somos todos anormales. Casarse, a los veintitres años. Qué pelotudez.
Pero, pará. Por qué te querés casar, Taco.
Porque no da que el pibe nazca en la casa de los abuelos. Porque es mi hijo y yo tengo que hacer algo al respecto. Porque Lorena no entiende nada y está jugando a la muñeca. Y porque si no me caso, voy a matar a mi abuela del disgusto y mi vieja me va a cortar las bolas.
Pero vos la querés?
Sí, un poco la quiero.
No, no. Pará. La querés en serio?
Sí, un poco la quiero.
Pero no te tenés que casar con alguien que querés un poco, Taco.
No? Quién dice?
Yo te digo.
Y vos qué sabés?
Otra vez, me quedé callado. Es verdad: yo qué sé. No voy a tener un pibe el año que viene y lo más cercano que tengo a criar un bebé, es la casa de mi hermano en donde nunca hago nada más que mirar como crecen los porotos. No sé nada. Lo único que sé es que Taco no va a durar casado ni seis meses.
Por qué no esperas a que nazca el pibe, le dije.
Ni en pedo.
Por qué.
Porque no quiero. Porque me voy a hacer cargo. Porque soy un buen tipo. Porque la piba no tiene la culpa. Porque yo sé cargar con responsabilidades y ella no. Y porque aunque no lo creas, siempre quise tener pibes.
Bueno, dije, la mayoría de la gente quiere.
Vos querés?
Ahora, no.
Bueno, ves? Yo quiero ahora, quise antes, voy a querer después. Quiero ver como soy como padre después de no haber tenido uno, nunca. Quiero saber lo que se siente y le quiero tapar la boca a todos los que dicen que soy un pelotudo; un gordo forro que está siempre en pelotas, fumado y borracho.
Quién dice eso.
Todo el mundo. O vos te crees que yo soy pelotudo en serio? Me hago, Jero. Me hago. Pero tengo las bolas al piso de que siempre se hable así de mí. Van a ver cómo no soy ningun pelotudo. Van a ver como soy capaz de tener una familia normal, una casa, un auto, un perro y toda la bola.
Estás diciendo boludeces. Vos no querés eso.
Sí que quiero.
No, no querés. Es el vino.
No es el vino. El vino es para poder decírtelo y para que te busques otros amigos porque yo voy a estar ocupado.
Y ahí, se me hizo algo adentro. El vino era una despedida. Taco me estaba avisando que se iba, que se rajaba. Mi mejor amigo se estaba despidiendo de mí.
Pero pará, Taco. Pará. Te casa, vas a tener un pibe, todo lo que quieras. ¿Qué te impide seguir siendo mi amigo?
Yo voy a ser tu amigo siempre, infeliz, me dijo, pero no voy a estar para boludear un jueves como este, entendés? Voy a tener que ocuparme de cosas grosas, además de laburar. Y no quiero que te quedes en pelotas. Quiero que te consigas amigos nuevos. No sé de dónde los vas a sacar pero es lo que quiero.
Sí, pará, ahí voy, le dije y me enojé.
Qué mierda se cree Taco? Que los amigos se regalan por ahí? Que se compran en el supermercado? De dónde voy a sacar yo, amigos como él? Ni en pedo. Yo no quiero amigos nuevos. Yo quiero a mi amigo de vuelta, como era, como fuimos siempre.
Se lo dije.
Tarde, me contestó. Como era siempre, no existe más. Ahora, somos otra cosa. Y te vas a tener que acostumbrar porque no va a cambiar. Haceme el favor, por las buenas, buscate amigos nuevos y no te quedes solo como un forro, encerrado en tu casa, lamentándote de que no te voy a ver.
Por las buenas, claro.
Sí, por las buenas. Como si nos divorciásemos en buenos términos. Todo lindo, todo muy bien pero hasta acá llegó. Ahora, cada uno por su lado y a otra cosa.
No.
Sí, Jero. Va a ser así. Y mejor que estés preparado para eso.
No, no tiene por qué ser así. ¿Te vas a ir a vivir a la China? ¿La Lorena esa no me banca?
Si no te conoce, Jero.
Y bueno, entonces...
Entonces, me parece que no me estás escuchando, pelotudo a pedal. Te estoy diciendo que me caso y que no voy a poder estar con vos como siempre.
Pero te casas, no te morís.
Más o menos.
Taco, la concha de tu madre, si te vas a casar con ese espíritu, no te cases.
Me voy a casar con este espíritu o con el que sea. Y vos te vas a buscar amigos nuevos y les vas a contar de mí. Y nosotros, nos vamos a ver una vez por año: para tu cumpleaños o para el mío. Después, nos vamos a llamar por teléfono, cada tanto. Para año nuevo, ponele. Y nada más. La vida es así. Yo lo sé. Vos lo sabés. No podés hacer de cuenta que no pasa nada. Las cosas cambiaron.
Terminó de decir eso y se largó a llorar. Yo creo que por el pedo. Un poco por el pedo y otro poco porque tenía miedo.
Mientras lo veía sonarse los mocos con las servilletas de papel de ese bar de mierda, entendí que, en realidad, me estaba pidiendo todo lo contrario.
Me pedía, a los gritos, que no lo dejara solo.
Y yo no lo voy a dejar solo. Es mi único amigo.
Mi amigo de toda la vida. Él nunca me dejó solo a mí.